Cardenal Tobin:
En la Eucaristía, nuestro Redentor se entrega a nosotros

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Vol. 7. No. 21

El don de la Eucaristía y la muerte de nuestro Señor son, en el sentido más profundo, un mismo y único misterio. El amor que le llevó a morir por nosotros fue el mismo amor que le hizo entregarse a sí mismo como nuestro sustento. No bastó con darnos dones, palabras e instrucciones; se nos entregó también a sí mismo (Romano Guardini, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesús). 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

El domingo 7 de junio, nuestra Iglesia celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi). Esta festividad se celebra de forma diferente según las culturas, pero lo que todas tienen en común es una profunda reverencia hacia la Sagrada Eucaristía, que se expresa con inmensa gratitud y gran alegría.

Ninguno de nosotros merece recibir a Cristo en la Eucaristía. La Sagrada Comunión es siempre un don totalmente inmerecido que recibimos por la gracia de Dios. Nada de lo que podamos hacer por nuestra propia iniciativa nos hace dignos de que el Señor entre en nuestros corazones. Lo único que podemos hacer es intentar estar preparados, intentar “permanecer despiertos” y estar atentos, e intentar ser verdaderamente agradecidos cuando nuestro Señor se nos entrega en el gran misterio eucarístico.

San Agustín nos exhorta a vivir como si fuéramos merecedores del don sacrificial que Cristo nos ha dado. Nos anima a cambiar nuestras vidas, tal y como él hizo, y a verlas como un camino progresivo de esperanza en el que “buscamos el rostro del Señor continuamente”.

Agustín sabía por experiencia propia que la conversión es un proceso que dura toda la vida. Luchamos con todas nuestras fuerzas por ser dignos del amor de Cristo y de los grandes dones que recibimos de él cada día.

Todos estos dones—la vida y el amor, la libertad y la felicidad, la verdad y la esperanza—nos llegan gratuitamente de la generosidad abundante de nuestro Dios. No hacemos nada para ganarnos la gracia de Dios. La recibimos gratuitamente porque, como enseña la Iglesia, la propia naturaleza de Dios es dar generosamente, sin exigir nada a cambio, simplemente porque nos ama.

De todos los dones de Dios, ninguno se puede comparar con la Sagrada Eucaristía. ¿Por qué? Porque es un don de sí mismo, una comunión íntima entre el Hijo de Dios y sus hermanas y hermanos. A través del bautismo, nos hemos convertido en miembros de su cuerpo, la Iglesia, y la forma en que Cristo nutre a su cuerpo es entregándose libremente a nosotros en este gran sacramento—cuerpo y sangre, alma y divinidad.

Al recibir la Sagrada Comunión, nos unimos a Él de la manera más perfecta que se pueda imaginar—llegando a ser uno con Él tanto física como espiritualmente. Nuestras imperfecciones se hacen perfectas por Su unión con nosotros. Nuestra naturaleza pecaminosa se vuelve pura y santa porque Él entra en nuestros corazones y nos transforma con Su gracia.

Pero esta experiencia de conversión nunca es “de una vez por todas”. Cada día se nos invita a vivir como si fuéramos dignos de recibir el pan de cada día del cielo que Cristo nos ofrece en la Eucaristía. Se nos desafía a vivir así, aunque sabemos que solo por su gracia somos capaces de recibirlo.

San Agustín nos advierte: “Antes de recibir a Jesucristo, debes apartar de tu corazón todos los apegos mundanos que sabes que le desagradan”.

Agustín sabía que olvidamos con demasiada facilidad que hemos sido perfeccionados en Cristo. Caemos fácilmente en desgracia y cedemos al egoísmo y al pecado. Nuestras imperfecciones se manifiestan en nuestras palabras y acciones—en lo que decimos o hacemos, y en lo que dejamos de decir o hacer. Estamos llamados a arrepentirnos, a confesar nuestros pecados, a proponernos no pecar más y a hacer penitencia.

Este esfuerzo continuo por alcanzar la perfección es el núcleo del sacramento de la Reconciliación. Así como Cristo se nos entrega libremente en el misterio eucarístico, así también pone a nuestra disposición su amor y su perdón con solo pedírselo, sin condiciones.

Este es el gran milagro de la reconciliación entre Dios y nosotros—¡el hecho de que nosotros, hombres y mujeres pecadores, que no merecemos su abundante misericordia, la recibamos a pesar de todo! Debemos dar gracias a Dios cada día por su paciencia con nosotros y por su disposición a perdonarnos y ayudarnos cada vez que no estamos a la altura de su amor perfecto.

Como escribió en una ocasión el papa Benedicto XVI, “La fe en Cristo llevó a su plenitud toda la búsqueda de Agustín, pero una plenitud en el sentido de que él siempre permaneció en el camino”. No somos perfectos. Siempre estamos en camino hacia la perfección. “Ni siquiera en la eternidad”, dice san Agustín, “se completará nuestra búsqueda; será una aventura eterna, el descubrimiento de una nueva grandeza, una nueva belleza y una comprensión aún más profunda de la verdad”.

La famosa cita de las Confesiones de San Agustín, una obra muy leída, lo resume así: “Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti, oh, Dios”. El “descanso eterno” que conoceremos en el cielo no es una experiencia de monotonía, aburrimiento o estancamiento. Será una aventura que nos impulsará cada vez más profundamente al descubrimiento del amor y la misericordia infinitos de Dios.

Como dijo el papa León XIV en su homilía del Corpus Christi del año pasado (véase la selección más abajo), “La Eucaristía, en efecto, es la presencia verdadera, real y sustancial del Salvador (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1413), que transforma el pan en sí mismo, para transformarnos en Él. Vivo y vivificante, el Corpus Domini hace de nosotros, o sea de la Iglesia misma, el Cuerpo del Señor”.  

Podemos empezar ahora a alimentarnos del pan del cielo que nos sostiene en nuestro camino de esperanza. Este fin de semana, al celebrar el Corpus Christi, la gran fiesta del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, vivamos como si fuéramos dignos de este gran don de la comunión con Dios y, así, crezcamos en santidad y caridad en unión con nuestro Salvador Jesucristo.

Eso es el amor de Cristo: el amor del Redentor que muere por nosotros; el amor que se entrega a sí mismo, que lo da todo, en cuerpo y alma, para que nos alimentemos de él; el amor de estar dentro de nosotros, para que su vida se convierta en nuestra vida, y la nuestra en la suya.

Que nuestra celebración del Corpus Christi de este año llene nuestros corazones tanto de reverencia como de alegría. Que el don que nuestro Redentor nos ha dado de sí mismo se convierta, a su vez, en nuestro don para todo el pueblo de Dios—tanto para quienes están cerca de nosotros como para aquellos que, de otro modo, serían desconocidos.


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Un mensaje del Papa León XIV:
En el Cristo Único, Somos Uno

Queridos hermanos y hermanas, es hermoso estar con Jesús. El Evangelio que acabamos de escuchar lo atestigua, narrando que las multitudes permanecían horas y horas con Él, que hablaba del Reino de Dios y curaba a los enfermos (cf. Lc 9,11). La compasión de Jesús por quienes sufren manifiesta la amorosa cercanía de Dios, que viene al mundo para salvarnos. Cuando Dios reina, el hombre es liberado de todo mal. Sin embargo, incluso para aquellos que reciben la buena nueva de Jesús, llega la hora de la prueba. En aquel lugar desierto, donde las multitudes han escuchado al Maestro, cae la tarde y no hay nada para comer (cf. v. 12). El hambre del pueblo y la puesta del sol son signos de un límite que se cierne sobre el mundo, sobre cada criatura: el día termina, al igual que la vida de los hombres. Es en esta hora, en el tiempo de la indigencia y de las sombras, cuando Jesús permanece entre nosotros.

Justo cuando el sol se pone y el hambre crece, mientras los propios apóstoles piden despedir a la gente, Cristo nos sorprende con su misericordia. Él tiene compasión del pueblo hambriento e invita a sus discípulos a que se ocupen de él, porque el hambre no es una necesidad que no tenga que ver con el anuncio del Reino y el testimonio de la salvación. Al contrario, esta hambre está vinculada con nuestra relación con Dios. Sin embargo, cinco panes y dos peces no parecen suficientes para alimentar al pueblo, porque los cálculos de los discípulos, aparentemente razonables revelan, en cambio, su poca fe. Ya que, en realidad, con Jesús contamos con todo lo necesario para dar fuerza y sentido a nuestra vida.

En efecto, a la urgencia del hambre, Él responde con el signo del compartir: levanta los ojos, pronuncia la bendición, parte el pan y da de comer a todos los presentes (cf. v. 16). Los gestos del Señor no inauguran un complejo ritual mágico, sino que manifiestan con sencillez el agradecimiento hacia el Padre, la oración filial de Cristo y la comunión fraterna que sostiene el Espíritu Santo. Para multiplicar los panes y los peces, Jesús divide los que hay: sólo así hay suficiente para todos, es más, sobran. Después de haber comido hasta saciarse, con lo que sobró, llenaron doce canastos (cf. v. 17).

Esta es la lógica que salva al pueblo hambriento: Jesús actúa según el estilo de Dios, enseñando a hacer lo mismo. Hoy, en lugar de las multitudes que aparecen en el Evangelio, hay pueblos enteros, humillados por la codicia ajena aún más que por el hambre misma. Ante la miseria de muchos, la acumulación de unos pocos es signo de una soberbia indiferente, que produce dolor e injusticia. En lugar de compartir, la opulencia desperdicia los frutos de la tierra y del trabajo del hombre. Especialmente en este año jubilar, el ejemplo del Señor sigue siendo para nosotros un criterio urgente de acción y servicio: compartir el pan, para multiplicar la esperanza, proclama la venida del Reino de Dios.

Al salvar del hambre a las multitudes, Jesús anuncia que salvará a todos de la muerte. Este es el misterio de la fe, que celebramos en el sacramento de la Eucaristía. Así como el hambre es señal de nuestra radical indigencia vital, así también el partir el pan es signo del don divino de la salvación.

Queridos amigos, Cristo es la respuesta de Dios al hambre del hombre, porque su cuerpo es el pan de la vida eterna: ¡tomen y coman todos de él! La invitación de Jesús abarca nuestra experiencia cotidiana: para vivir, necesitamos alimentarnos de la vida, tomándola de las plantas y a los animales. Sin embargo, comer algo exánime nos recuerda que también nosotros, por mucho que comamos, moriremos. En cambio, cuando nos alimentamos de Jesús, pan vivo y verdadero, vivimos para Él. Ofreciéndose sin reservas, el Crucificado Resucitado se entrega a nosotros, y de este modo descubrimos que hemos sido hechos para nutrirnos de Dios. Nuestra naturaleza hambrienta lleva la marca de una indigencia que es saciada por la gracia de la Eucaristía.

Como escribe san Agustín, Cristo es, de verdad, “panis qui reficit, et non deficit; panis qui sumi potest, consumi non potest” (Sermon 130, 2), es decir, un pan que nutre y nunca falta; un pan que se puede comer pero que nunca se agota. La Eucaristía, en efecto, es la presencia verdadera, real y sustancial del Salvador (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1413), que transforma el pan en sí mismo, para transformarnos en Él. Vivo y vivificante, el Corpus Domini hace de nosotros, o sea, de la Iglesia misma, el cuerpo del Señor.

Por eso, según las palabras del apóstol Pablo (cf. 1 Cor 10,17), el Concilio Vaticano Segundo enseña que “la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico. Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos” (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 3). La procesión que comenzaremos dentro de poco es un signo de ese camino. Juntos, pastores y rebaño, nos alimentamos del Santísimo Sacramento, lo adoramos y lo llevamos por las calles. Al hacerlo, lo ofrecemos a la mirada, a la conciencia y al corazón de la gente. Al corazón de quien cree, para que crea más firmemente, y al corazón de quien no cree, para que se cuestione sobre el hambre que tenemos en el alma y sobre el pan que puede saciarla.

Fortalecidos por el alimento que Dios nos da, llevemos a Jesús al corazón de todos, porque Jesús incluye a todos en la obra de la salvación, invitando a cada uno a participar en su mesa. ¡Dichosos los invitados, que se convierten en testigos de este amor!

(Una selección de la homilía del Papa León XIV en la celebración del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo en la Basílica de San Juan de Letrán, junio 22, 2025.)


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Mi Oración para Ustedes

Señor Jesús, tú dijiste a las multitudes judías (y a todos nosotros), “Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo; quien coma de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo”. Ayúdanos a recibirte con reverencia y gran alegría. Enséñanos a estar verdaderamente agradecidos de que nosotros, que no somos dignos, nos hayamos convertido, por tu gracia, en tu cuerpo y tu sangre entregados para la redención y la santificación de todos. Amén.