Cardenal Tobin: Las personas son importantes, todas y cada una de ellas, junto con sus familias
Haga clic a un botón para ver la sección

Vol. 7. No. 24
Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,
Magnifica Humanitas, la primera encíclica de nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, es un auténtico compendio de la Doctrina Social Católica. Aborda de frente los retos y las oportunidades que plantea la inteligencia artificial, recordándonos que las máquinas y la tecnología —por muy sofisticadas que sean— nunca podrán igualar, y mucho menos sustituir, la dignidad de la persona humana.
“Lo que importa son las personas, todas y cada una de ellas, junto con sus familias”, escribe el Papa. Dado que la persona humana está creada a imagen y semejanza de Dios, todo lo demás es secundario. Este es el principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia. Nada es más importante que la dignidad humana, y todo aquello que amenace el valor incomparable de las personas, “junto con sus familias”, debe ser cuestionado y se debe impedir que se convierta en un obstáculo para el desarrollo humano.
En la sección de Magnifica Humanitas dedicada a “los fundamentos de la doctrina social” (n.º 48-58, véase la selección más abajo), el papa León llama nuestra atención sobre tres ideas clave. En primer lugar, describe la relación de la persona humana con “el corazón mismo de nuestra fe: el misterio del Dios vivo, revelado en Jesucristo, quien, como comunión de Personas —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, es el amor mismo en relación, expresado en el don recíproco de sí mismo y en el compartir con el mundo”. La dignidad de cada persona humana tiene su raíz en su participación en el misterio de la vida íntima de Dios. El Creador nos ha destinado a estar unidos a Él mismo, el Dios que nos creó, y a reflejar la magnífica bondad de Dios en todo lo que decimos y hacemos.
En segundo lugar, el Papa nos recuerda la enseñanza constante de la Iglesia de que el valor de las personas no depende de lo que logren o produzcan. “Hay derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser humanos”, afirma el Santo Padre, y precisamente porque son otorgados por Dios, “ningún poder humano puede negarlos legítimamente ni limitarlos arbitrariamente”.
Las personas son iguales en dignidad, independientemente de su género, raza, situación política y económica u origen étnico. “Además de estos conceptos”, escribe el papa León, “existe también el nivel más profundo e importante de la dignidad ontológica. Se trata de la dignidad que pertenece a todo ser humano por el mero hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios. Ningún pecado, fracaso, humillación o exclusión puede menoscabar el valor profundo de una vida humana que Dios ha querido y ha llamado a la existencia”.
Por último, los derechos humanos son inherentes a la persona humana y a la dignidad humana. Por consiguiente, la Iglesia enseña que son universales e inalienables. “Precisamente porque se fundamentan en la dignidad común de cada hombre y cada mujer”, escribe el papa León, “tienen consecuencias prácticas y efectos jurídicos” que deben tomarse en serio. Como escribe el papa León:
Entre estos derechos, el primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho. Cuando este derecho fundamental es negado —como sucede con el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia— nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas.
Esto nos lleva directamente a la convicción del Papa, expresada en repetidas ocasiones a lo largo del primer año de su pontificado, de que la unidad y la paz son esenciales para promover la dignidad humana y el bien común.
Magnifica Humanitas reconoce que la sociedad contemporánea refleja una mayor conciencia del valor de las personas y de sus derechos que la que se observaba en generaciones anteriores. La encíclica también celebra el creciente reconocimiento de los derechos de las minorías. Sin embargo, escribe el Papa, “aún queda un largo camino por recorrer para garantizar que los derechos de un gran número de personas, en concreto las mujeres, estén garantizados de forma equitativa y auténtica en todo el mundo”.
El Papa León XIV afirma claramente que “doblemente pobres son aquellas mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, ya que a menudo tienen menos posibilidades de defender sus derechos”. Y añade:
Por lo tanto, no es suficiente afirmar con palabras que hombres y mujeres tienen la misma dignidad y los mismos derechos; es necesario que esto se traduzca en decisiones concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las responsabilidades sociales y políticas, en el modo en el que la sociedad escucha y valora el aporte de las mujeres. Mientras exista esta disparidad, no podremos decir que la sociedad reconoce realmente y en profundidad que las mujeres tienen la misma dignidad que los hombres.
La dignidad humana es la base de la libertad y el desarrollo humano. A menos que reconozcamos —de forma práctica y concreta— que “las personas importan, todas y cada una de ellas, junto con sus familias”, no podemos aspirar a alcanzar la unidad y la paz necesarias para la felicidad individual y el bien común.
Animo a los católicos del norte de New Jersey y de toda la Iglesia Universal a que lean Magnifica Humanitas y reflexionen en oración sobre los principios fundamentales que el Santo Padre nos señala en este resumen conciso pero exhaustivo de la Doctrina Social Católica. Ojalá hagamos nuestra esta sabiduría práctica mientras nos esforzamos por integrar estos principios en todos nuestros asuntos sociales, económicos y políticos.
Sinceramente suyos en Cristo Redentor,
Cardenal J. W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark
Principios y recomendaciones políticas sobre la inteligencia artificial (IA)
A continuación, se incluye una carta dirigida a los líderes del Congreso por parte de seis obispos que, en junio de 2025, ocupaban el cargo de presidentes de los comités de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos (USCCB).
Junio 9, 2025
Estimados señor Johnson, Líder Thune, y Líderes de la Minoría Schumer y Jeffries:
En nombre de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, les escribimos para ofrecerles algunos principios y recomendaciones políticas en relación con la inteligencia artificial (IA). No somos expertos técnicos, sino pastores a quienes se nos ha confiado la preocupación por la vida y la dignidad de la persona humana y por el bien común.
La IA ofrece tanto oportunidades como retos para nuestra nación y para el mundo. Como nos recuerda nuestro nuevo Santo Padre, el Papa León XIV, la IA requiere “responsabilidad y discernimiento para garantizar que pueda utilizarse en beneficio de todos, de modo que redunde en beneficio de toda la humanidad”. La respuesta del Congreso ante esta tecnología en rápido desarrollo debería incluir un marco regulador basado en principios éticos y consideraciones políticas razonables.
Les agradecemos que se hayan tomado el tiempo de estudiar estas propuestas.
PRINCIPIOS ÉTICOS
- La dignidad de la persona humana. La dignidad inherente a toda persona humana debe estar siempre en el centro del desarrollo tecnológico. Como nos recuerda la doctrina de la Iglesia, la tecnología debe orientarse a “servir a la persona humana y contribuir a la búsqueda de una mayor justicia, una fraternidad más amplia y un orden más humano de las relaciones sociales” (Gaudium et spes, n.º 35). La IA es una herramienta que, cuando se basa en principios morales sólidos, puede ayudar a superar muchos de los obstáculos de la vida y a mejorar la condición humana. Pero esta tecnología debe complementar lo que hacen los seres humanos, no sustituirlos a ellos ni a sus juicios morales. También debemos evitar las tentaciones hacia el transhumanismo o equiparar la propia IA con la vida humana.
- Atención a los pobres. Los obispos de EE. UU. hacen hincapié en la necesidad de aplicar criterios morales tanto en las decisiones económicas como en el desarrollo tecnológico. La IA solo estará al servicio de todos cuando se utilice para ayudar a nuestras hermanas y hermanos más pobres y vulnerables, y cuando estos puedan participar de forma equitativa en su desarrollo y uso, y beneficiarse de ellos.
Sin embargo, existe una preocupación legítima de que, sin las debidas garantías éticas y normativas, la IA “podría utilizarse para perpetuar la marginación y la discriminación, crear nuevas formas de pobreza, ampliar la “brecha digital” y agravar las desigualdades sociales existentes” (Antiqua et nova, n.º 52).
- Respeto por la verdad. La IA ofrece la oportunidad de desarrollar grandes cantidades de información de forma creativa, compartir conocimientos y mejorar la comunicación entre las personas. Sin embargo, vivimos cada vez más en una época que el difunto Papa Francisco describió como una “creciente crisis de la verdad” (Mensaje al Foro Económico Mundial, 2025). Con el auge de los “deepfakes”, el uso indebido de las noticias y la información política para manipular la opinión pública y la difusión de falsedades, algunos están utilizando la IA para socavar la dignidad de las personas y el respeto por la verdad. Los sistemas de IA deben contar con supervisión humana y una rendición de cuentas bien definida para promover la transparencia y unos procesos democráticos justos.
CONSIDERACIONES POLÍTICAS
- Vida familiar. La familia es “el lugar de origen y el medio más eficaz para humanizar y personalizar la sociedad” (Familiaris consortio, n.º 43). Si bien la IA puede contribuir a la eficiencia de ciertas tareas cotidianas y facilitar la comunicación, es necesario contrarrestar el efecto aislante de la tecnología. La IA debería contribuir a fortalecer y apoyar la vida familiar. Las políticas deben garantizar que la IA no fomente ni potencie usos moralmente censurables de las tecnologías reproductivas y la manipulación genética. Asimismo, deben promulgarse políticas para proteger a los niños en Internet y hacer frente al flagelo de la pornografía, incluida la “pornografía infantil virtual”.
- El Trabajo y la Economía. Es importante recordar que el trabajo tiene un valor intrínseco y es esencial para la dignidad de la persona. “El trabajo humano no solo procede de la persona, sino que también está esencialmente ordenado a ella y tiene en ella su fin último” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n.º 272). La IA presenta muchas ventajas en cuanto al ahorro de mano de obra, pero estas no deben privar a la persona de la dignidad del trabajo ni de su contribución a la sociedad en su conjunto. Nos preocupan especialmente la sustitución de puestos de trabajo, la desigualdad y la explotación. Las políticas y normativas deben garantizar la protección de los trabajadores, promover la educación y la formación profesional, exigir la rendición de cuentas pública por el uso de la IA por parte del gobierno y exigir la supervisión humana en las decisiones laborales impulsadas por la IA. Para fomentar el espíritu artístico y creativo, también pedimos la protección de los datos y los derechos de propiedad intelectual.
- Sanidad, Educación y Vida Política y Cívica. Toda persona ha sido creada a imagen de Dios y “tiene derecho a la integridad física y a los medios necesarios para el correcto desarrollo de la vida, en particular a la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica, el descanso y, por último, a los servicios sociales necesarios” (Pacem in terris, núms. 11 y 13). La IA tiene el potencial de mejorar muchos aspectos de la vida y la sociedad. Ha propiciado el desarrollo de nuevos medicamentos y tecnologías para mejorar la salud. Puede servir de base a nuevas herramientas de aprendizaje y transformar la forma en que nos comunicamos y participamos en la sociedad. Sin embargo, su desarrollo ya ha planteado profundas cuestiones morales que afectan al desarrollo humano integral y a la auténtica formación de la persona humana. Si no se regula de forma reflexiva, existe un riesgo aún mayor de que polarice aún más la sociedad y agrave las desigualdades. Por ejemplo, los sistemas automatizados de toma de decisiones —utilizados en ámbitos como la selección de personal, la concesión de préstamos, la asistencia sanitaria, la evaluación de prestaciones públicas y la tramitación de la inmigración— pueden reforzar los prejuicios existentes o introducir un enfoque utilitarista carente de las consideraciones humanas necesarias, con consecuencias potencialmente devastadoras.
- La guerra. Los obispos han expresado en repetidas ocasiones su preocupación por el desarrollo y el uso de armas autónomas letales. “Las enormes y crecientes posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías han dotado a la guerra de un poder destructivo incontrolable sobre un gran número de civiles inocentes” (Fratelli tutti, n.º 258). Las políticas deben dejar claro que el control humano sobre cualquier sistema de armas es esencial para mitigar los horrores de la guerra y la vulneración de los derechos humanos fundamentales.
- Energía y Medio Ambiente. A la hora de elaborar políticas energéticas y medioambientales, debemos recordar que hay que escuchar tanto el “clamor de la tierra” como el “clamor de los pobres” (Laudato si’, n.º 49). La inteligencia artificial puede aportar grandes beneficios a la hora de encontrar soluciones a las actuales crisis energéticas y medioambientales, pero también puede contribuir a graves problemas al requerir un enorme gasto energético y un mayor consumo de recursos. Genera residuos electrónicos que contienen mercurio y plomo, lo que perjudica a los niños, a los fetos y a la fauna silvestre. Les pedimos que promuevan políticas que fomenten una mayor eficiencia energética en las búsquedas de IA y los centros de datos, y que impulsen el reciclaje responsable del agua y de los componentes.
Estos principios éticos y estas recomendaciones políticas seleccionadas no pretenden ser exhaustivos, sino constituir una modesta reflexión inicial para su consideración mientras deliberan sobre las opciones de política federal y medidas reguladoras.
Les agradecemos su atención. Tengan la seguridad de que rezamos por ustedes y de que estamos dispuestos a ayudarles en esta importante y oportuna labor.
Reverendísimo William D. Byrne
Obispo de Springfield, Massachusetts
Presidente del Comité de Comunicaciones de la USCCB
Most Rev. David M. O’Connell, C.M., J.C.D,
Bishop of Trenton
Presidente del Comité de
Educación Católica de la USCCB
Reverendísimo Borys Gudziak
Arzobispo de la Arqueparquía Católica Ucraniana de Filadelfia
Presidente del Comité de Justicia Interna y Desarrollo Humano de la USCCB
Reverendísimo Robert E. Barron
Obispo de Winona-Rochester
Presidente del Comité de la USCCB para los Laicos, el Matrimonio, la Vida Familiar y la Juventud
Reverendísimo A. Elias Zaidan
Obispo de la Eparquía Maronita de Nuestra Señora del Líbano
Presidente del Comité de
Justicia y Paz Internacional de la USCCB
Reverendísimo Daniel E. Thomas
Obispo de Toledo
Presidente del Comité de Actividades Pro-Vida de la USCCB

Un mensaje del Papa León XIV:
En el Cristo Único, Somos Uno
Los fundamentos de la Doctrina social
El ser humano, imagen del Dios trinitario
48. La Doctrina social de la Iglesia nos conduce al corazón mismo de nuestra fe: el misterio del Dios viviente, revelado en Jesucristo como comunión de personas; Padre, Hijo y Espíritu Santo: amor en relación, que se da recíprocamente y se comunica al mundo. Como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido.
49. Si el misterio de Dios-Amor es la fuente de la Doctrina social, su rostro más concreto lo contemplamos en Jesucristo, Verbo encarnado. Haciéndose hombre, el Hijo de Dios entra en la historia y en nuestra carne, trayéndonos el amor que lo une al Padre y al Espíritu Santo. “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, porque su humanidad es plenamente libre, abierta a los demás, capaz de construir relaciones solidarias y preciosas, y entregada al don total de sí. Quien cree en Él está involucrado en la gran obra de renovación inaugurada por el misterio de su pasión, muerte y resurrección, y coopera en la edificación del Reino de Dios, aprendiendo a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano, hijos de un mismo Padre. Así, tanto el anuncio como la experiencia cristiana, guiados por la acción del Espíritu Santo, tienden a generar en el mundo consecuencias sociales.
50. En el centro de la visión cristiana del ser humano está la gran afirmación según la cual el hombre y la mujer son creados “a imagen y semejanza” (cf. Gn 1,26-27) del Dios trinitario. Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla. Por eso, la persona humana permanece siempre como «el camino primero y fundamental de la Iglesia» y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral.
La igual dignidad de todos los seres humanos
51. San Juan Pablo II afirmaba que “el sentido más profundo de la dignidad de la persona humana y de su unicidad, así como del respeto debido al camino de la conciencia, es ciertamente una adquisición positiva de la cultura moderna”. Esta afirmación sigue las huellas ya trazadas por el Concilio Vaticano II, que había constatado un crecimiento en la conciencia de la excelsa dignidad de toda persona, de su valor superior a las cosas y de sus derechos y deberes universales e inviolables. Es importante vigilar para que este crecimiento en la conciencia de la dignidad humana no sea ofuscado bajo la presión de nuevas ideologías o de determinados intereses de gran poder en el mundo de hoy. Entre estas ideologías considero particularmente insidiosa la que sugiere que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos. En semejante perspectiva, la persona termina reduciéndose a un medio para obtener resultados, a un recurso para ser usado y explotado, y no es reconocida como fin en sí misma, jamás instrumentalizable. Pero el valor de la persona no depende de lo que realiza o produce; existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Ningún poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos arbitrariamente.
52. Cuando hablamos de dignidad no siempre usamos la palabra de la misma manera; en ocasiones nos referimos a la dignidad moral, es decir, al modo en el que la persona orienta sus propias decisiones y su propio obrar; otras veces pensamos en la dignidad social, es decir, en las condiciones de vida de la persona y en el respeto concreto que le es reconocido por la sociedad; en otros casos indicamos la dignidad existencial, que alude al modo en el que una persona percibe el valor de sí y de su propia vida. Estas dimensiones de la dignidad pueden crecer o disminuir. Pero más allá de estos significados hay un nivel más profundo, el más importante, que consiste en la dignidad ontológica. Es la dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios; ningún pecado, ningún fracaso, ninguna humillación, ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana que Él ha querido y llamado al ser.
53. Por lo tanto, la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada. La reciente Declaración Dignitas Infinita ha ofrecido una síntesis de las convicciones de la Iglesia sobre este tema: “Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre”, es decir, siempre e ineludiblemente. Esta dignidad de todo ser humano puede definirse infinita, como dijo san Juan Pablo II, por dos razones: porque es infinito el amor de Dios que lo llama a la amistad con Él, y porque es absolutamente incondicionada, en el sentido de que, aun buscando hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla o negarla.
El altísimo valor de los derechos humanos
54. La Iglesia reconoce con gratitud que “el movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana”. Y, como afirmó san Juan Pablo II, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, continúa siendo en nuestros días una de las más altas expresiones de la conciencia humana. Esta es “una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad”. Por eso, en la perspectiva cristiana, los derechos humanos no son un añadido externo a la persona, sino una traducción histórica de su dignidad intrínseca, que la comunidad internacional está llamada a tutelar y promover.
55. Los derechos humanos son inviolables, porque son “inherentes a la persona humana y a su dignidad”. En consecuencia, son universales e inalienables. Precisamente porque están fundados en la común dignidad de todo hombre y de toda mujer, estos derechos comportan consecuencias prácticas y efectos jurídicos, porque “sería vano proclamar derechos, si al mismo tiempo no se pone en práctica todo lo necesario para asegurar el deber de respetarlos, por todos, en todas partes y para todos”. Entre estos, el primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural, sin el cual es imposible ejercitar cualquier otro derecho. Cuando este derecho fundamental es negado —como sucede con el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia— nos encontramos frente a decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas.
56. Al observar nuestro tiempo, no podemos ignorar que la tutela de los derechos humanos hoy está expuesta a dos riesgos particularmente graves. El primero es el de una declaración puramente formal, mientras que, junto con el progreso tecnológico, avanzan de manera disimulada o evidente violaciones de la dignidad humana. El segundo, que en realidad está en la base del primero, es el de no poder reconocer el fundamento de su universalidad, porque se ha renunciado a la “búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes”. El Papa Francisco invitaba a no subestimar este último problema. Recordaba que, cuando la razón se deja interrogar seriamente sobre la naturaleza humana, es capaz de descubrir valores aplicables a todos, porque derivan de ella. Si este trabajo de búsqueda fuera abandonado, podría suceder que derechos hoy considerados intocables, en el futuro terminaran siendo cuestionados o negados por quienes ostentan el poder, quizá después de haber obtenido un consenso sólo aparente por parte de poblaciones aterrorizadas o manipuladas.
57. Junto a una mayor conciencia del valor de toda persona humana y de sus derechos, ha crecido también el reconocimiento de los derechos de las minorías. Sin embargo, todavía hay mucho camino por recorrer para que los derechos de una gran parte, por ejemplo, los de las mujeres, estén realmente garantizados en todo el mundo. Es una realidad que «doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos». Por lo tanto, no es suficiente afirmar con palabras que hombres y mujeres tienen la misma dignidad y los mismos derechos; es necesario que esto se traduzca en decisiones concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las responsabilidades sociales y políticas, en el modo en el que la sociedad escucha y valora el aporte de las mujeres. Mientras exista esta disparidad, no podremos decir que la sociedad reconoce realmente y en profundidad que las mujeres tienen la misma dignidad que los hombres.
58. Son las personas concretas las que cuentan, cada una de ellas y sus familias. Los movimientos sociales, las grandes proclamas políticas en favor del pueblo y las ideologías comunitarias no sirven para nada si no están orientadas a la promoción de las personas —hombres y mujeres— con sus derechos inalienables. Del mismo modo, no basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales.
(Seleccionado de la encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas)

Mi Oración para Ustedes
Por favor únanse a mi ofreciendo estas palabras del Papa León XIV:
Oremos, planifiquemos con sensatez y trabajemos con perseverancia, poniendo a Dios al frente de nuestras acciones y a la persona humana en el centro de nuestras decisiones. Así, las “piedras rechazadas” —los pobres, los enfermos, los migrantes y los más pequeños entre nosotros— se convertirán en la piedra angular, y surgirá en la tierra un hogar común sólido y acogedor, donde el amor y la fidelidad se encontrarán por fin, y la justicia y la paz se abrazarán (cf. Sal 85, 10).
