Cardenal Tobin:
Dos Papas, Uno en Cristo

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Vol. 7. No. 19

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Hoy, 8 de mayo, es el primer aniversario de la elección de nuestro Santo Padre el Papa León XIV. Hace apenas 12 meses, el Espíritu Santo nos bendijo con un sucesor de San Pedro que cuidaría de nuestra Iglesia, el rebaño confiado a él por el Buen Pastor, y ayudaría a todos los cristianos a continuar la misión que recibimos en nuestro bautismo: ser discípulos misioneros de Jesucristo.

Un año después dentro del pontificado de León XIV, podemos empezar a ver las muchas maneras en que Dios nos ha bendecido con este nuevo papa. Hay una evidente continuidad con las principales iniciativas de su predecesor, el Papa Francisco. Pero también existe un estilo de liderazgo pastoral único del Papa León. Así es como debe ser. La continuidad y la originalidad se complementan y nos ayudan a entender lo que es más importante en el ministerio de alguien llamado a ser tanto una fuente de unidad en la Iglesia como un testigo profético de la Verdad del Evangelio en el mundo.

A principios de este año, fui invitado a dar una conferencia en la Universidad Seton Hall sobre los pontificados del Papa Francisco y el Papa León XIV. En mis reflexiones, identifiqué lo que considero tres temas principales del Papa Francisco que nuestro nuevo Santo Padre ha abrazado y que está llevando adelante a su manera. Estos temas son: 1) La abundante misericordia de Dios, 2) El cuidado del medio ambiente (“Nuestra Casa Común”) y 3) La sinodalidad. Estos tres temas fueron centrales en los pensamientos y acciones del Papa Francisco durante sus 12 años como papa. Ahora, el Papa León XIV ha abrazado la misericordia, la administración de nuestra casa común y la sinodalidad. En su primer año como papa, ha dejado claro que continuará enfatizando la importancia de estos temas en la Iglesia y en la sociedad.

Otro tema constante del Papa Francisco (y, de hecho, de todos los papas recientes) es la paz. El Papa León XIV nos saludó hace un año con las palabras de nuestro Señor a sus discípulos: “¡La paz sea con todos ustedes!” (En italiano: “Pace a tutti voi!”). Inmediatamente después dijo: “Queridos hermanos y hermanas, este es el primer saludo del Cristo Resucitado, el buen pastor que dio su vida por el rebaño de Dios”.

Un año después, está claro que el Papa León se toma en serio este saludo y que no dejará de hablar sobre la paz mientras la incivilidad, la violencia y la guerra sigan oprimiendo la vida de millones de personas en diversas regiones del mundo.

La paz fue el tema común de los mensajes de Pascua del Papa Francisco en 2025 (el día antes de su muerte) y del Papa León XIV en 2026. (Véanse los mensajes Urbi et Orbi más abajo). De hecho, el Papa León ha sido persistente en sus esfuerzos por llamar nuestra atención sobre la importancia del diálogo, la no violencia y el rechazo de la guerra como instrumento de la política exterior. En su mensaje de Pascua, él dice:

Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: “!Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo!” (Mensaje Urbi et Orbi, 20 de abril de 2025).

Hay algo perversamente atractivo en la guerra—su lenguaje, sus símbolos y su pompa. El Papa León nos ha advertido que las naciones no pueden permitirse deleitarse en ejercer poder militar, incluso cuando la causa parece justificada. En ningún lugar de los Evangelios encontramos a Jesús expresando beligerancia o el deseo de dominar a sus enemigos. Su postura es siempre de paz.

En su homilía del Domingo de Ramos, el Papa León dijo: “Volvemos nuestra mirada a Jesús, quien se revela como Rey de la Paz, incluso cuando la guerra se cierne a su alrededor. Él permanece firme en la mansedumbre, mientras otros incitan a la violencia. Se ofrece para abrazar a la humanidad, incluso cuando otros alzan espadas y garrotes.” El Santo Padre dijo que Jesús no se armó, no se defendió ni luchó en ninguna guerra. “Reveló el rostro amable de Dios, que siempre rechaza la violencia. En lugar de salvarse a sí mismo, permitió ser clavado en la cruz, abrazando cada cruz cargada en todo tiempo y lugar a lo largo de la historia humana”.

El clamor por la paz, escuchado en cada era desde los labios de millones, exige que dejemos de lado los instrumentos de la guerra y abracemos las fuerzas no violentas del diálogo y la diplomacia. La guerra debe ser siempre el último recurso. Nunca debería ser la estrategia preferida para alcanzar el bien común.

El Papa Francisco y su sucesor, el Papa León XIV, comparten esta convicción absoluta: Cristo, el Rey de la Paz, clama desde su cruz una y otra vez: “¡Dios es amor! ¡Tengan misericordia! ¡Depongan sus armas! ¡Recuerden que son hermanos y hermanas!”

Mientras continuamos celebrando el misterio de la Pascua, rehusémonos a resignarnos a la inevitabilidad de la guerra. Dejemos de lado la indiferencia y rechacemos el falso encanto del conflicto armado entre las naciones. En cambio, contemplemos a aquel que fue crucificado por nosotros, para que podamos ver en él a una humanidad crucificada y redimida. Como nos recuerda el Papa León, “en las heridas de nuestro Redentor, vemos los sufrimientos de tantos hombres y mujeres hoy, que están aplastados, que no tienen esperanza, que están enfermos y que están solos. Sobre todo, escuchamos los dolorosos lamentos de todos aquellos que son oprimidos por la violencia y son víctimas de la guerra”.

La Pascua es la victoria de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio y de la paz sobre la guerra. En este primer aniversario de la elección papal de León XIV, que la paz de Cristo Resucitado llene los corazones de las personas, familias, comunidades y naciones. Que siempre recordemos que el Dios del amor es nuestro Padre y que todos somos hermanos y hermanas de Jesús, el Rey de la Paz.

Sinceramente suyo en Cristo Redentor,

Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R
Arzobispo de Newark


Cristo ha resucitado, ¡aleluya!

Queridos Hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!

Hoy en la Iglesia resuena finalmente el “aleluya”, se transmite de boca en boca, de corazón a corazón, y su canto hace llorar de alegría al pueblo de Dios en todo el mundo.

Desde el sepulcro vacío de Jerusalén llega hasta nosotros el sorprendente anuncio: Jesús, el Crucificado, no está aquí, sino que ha resucitado. (Lc 24,6). No está en la tumba, ¡está vivo!

El amor venció al odio. La luz venció a las tinieblas. La verdad venció a la mentira. El perdón venció a la venganza. El mal no ha desaparecido de nuestra historia, permanecerá hasta el final, pero ya no tiene dominio, ya no tiene poder sobre quien acoge la gracia de este día.

Hermanas y hermanos, especialmente ustedes que están sufriendo el dolor y la angustia, sus gritos silenciosos han sido escuchados, sus lágrimas han sido recogidas, ¡ni una sola se ha perdido! En la pasión y muerte de Jesús, Dios ha cargado sobre sí todo el mal del mundo y con su infinita misericordia lo ha vencido; ha eliminado el orgullo diabólico que envenena el corazón del hombre y siembra por doquier violencia y corrupción. ¡El Cordero de Dios ha vencido! Por eso hoy exclamamos: “¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!” (Secuencia Pascual).

Sí, la resurrección de Jesús es el fundamento de la esperanza; a partir de este acontecimiento, esperar ya no es una ilusión. Gracias a Cristo — crucificado y resucitado — ¡la esperanza no defrauda! Spes non confundit! (cf. Rm 5,5). Y no es una esperanza evasiva, sino comprometida; no es alienante, sino que nos responsabiliza.

Los que esperan en Dios ponen sus frágiles manos en su mano grande y fuerte, se dejan levantar y comienzan a caminar; junto con Jesús resucitado se convierten en peregrinos de esperanza, testigos de la victoria del Amor, de la potencia desarmada de la Vida.

¡Cristo ha resucitado! En este anuncio está contenido todo el sentido de nuestra existencia, que no está hecha para la muerte sino para la vida. ¡La Pascua es la fiesta de la vida! ¡Dios nos ha creado para la vida y quiere que la humanidad resucite! A sus ojos toda vida es preciosa, tanto la del niño en el vientre de su madre, como la del anciano o la del enfermo, considerados en un número creciente de países como personas a descartar.

(Una selección del mensaje “Urbi et Orbi” del Papa Francisco, Pascua de 2025.)


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Un mensaje del Papa León XIV:
En el Cristo Único, Somos Uno

Hermanos y hermanas,

¡Cristo ha resucitado! ¡Felices Pascuas!

Desde hace siglos, la Iglesia canta con júbilo el acontecimiento que es el origen y el fundamento de su fe: “Muerto el que es la vida, triunfante se levanta. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Rey vencedor, apiádate de la miseria humana” (Secuencia de Pascua).

La Pascua es una victoria: de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio. Una victoria que ha tenido un precio altísimo: Cristo, el Hijo del Dios vivo (cf. Mt 16,16), tuvo que morir — y morir en una cruz — tras sufrir una condena injusta, ser escarnecido y torturado, y haber derramado toda su sangre. Como verdadero Cordero inmolado, tomó sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1,29; 1 P 1,18-19) y así nos liberó a todos — y con nosotros también a toda la creación — del dominio del mal.

Pero ¿cómo venció Jesús? ¿Cuál es la fuerza con la que derrotó de una vez por todas al antiguo Adversario, al Príncipe de este mundo (cf. Jn 12,31)? ¿Cuál es el poder con el que resucitó de entre los muertos, sin volver a la vida anterior, sino entrando en la vida eterna y abriendo así, en su propia carne, el paso de este mundo al Padre?

Esta fuerza, este poder, es Dios mismo, Amor que crea y engendra, Amor fiel hasta el final, Amor que perdona y redime.

Cristo, nuestro “Rey vencedor”, combatió y ganó su batalla mediante la entrega confiada a la voluntad del Padre, a su plan de salvación (cf. Mt 26,42). De este modo recorrió hasta el final el camino del diálogo, no sólo con palabras, sino con hechos: para encontrarnos a nosotros, los perdidos, se hizo carne; para liberarnos a nosotros, los esclavos, se hizo esclavo; para darnos vida a nosotros, los mortales, se dejó morir a manos de sus verdugos en la cruz.

La fuerza con la que Cristo resucitó no es violenta. Es semejante a la de un grano de trigo que, al marchitarse en la tierra, crece, se abre paso entre los terrones, brota y se convierte en una espiga dorada. Es aún más parecida a la de un corazón humano que, lastimado por una ofensa, rechaza el instinto de venganza y, lleno de compasión, reza por quien le ha ofendido.

Hermanos y hermanas, esta es la verdadera fuerza que trae la paz a la humanidad, porque genera relaciones respetuosas a todos los niveles: entre las personas, las familias, los grupos sociales y las naciones. No busca el interés particular, sino el bien común; no pretende imponer su propio plan, sino contribuir a diseñarlo y a ponerlo en práctica junto con los demás.

Sí, la resurrección de Cristo es el comienzo de la nueva humanidad, es la entrada a la verdadera tierra prometida, donde reinan la justicia, la libertad y la paz, donde todos se reconocen como hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre que es Amor, Vida y Luz.

Hermanos y hermanas, el Señor, con su resurrección nos enfrenta con mayor intensidad aún al drama de nuestra libertad. Frente al sepulcro vacío podemos llenarnos de esperanza y asombro, como los discípulos, o de miedo, como los guardias y los fariseos, obligados a recurrir a la mentira y al engaño para no reconocer que aquel que había sido condenado verdaderamente ha resucitado (cf. Mt 28,11-15).

A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón! ¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz! No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo.

Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes ante las consecuencias económicas y sociales que estos desencadenan y que, sin embargo, todos percibimos. Existe una “globalización de la indiferencia” cada vez más marcada, por retomar una expresión muy querida por el Papa Francisco, quien hace justo un año, desde esta logia, dirigió al mundo sus últimas palabras, recordándonos: “Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo”. (Mensaje Urbi et Orbi, 20 April 2025).

La cruz de Cristo nos recuerda siempre el sufrimiento y el dolor que rodean a la muerte, así como la angustia que esta conlleva. Todos tenemos miedo a la muerte y, por miedo, volteamos hacia otro lado, preferimos no mirar. ¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal! San Agustín enseña: “¡Si el morir te causa espanto, ama la resurrección!” (Sermón 124,4). Amemos también nosotros la resurrección, que nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, porque ha sido vencido por el Resucitado.

Él atravesó la muerte para darnos vida y paz: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn 14,27). La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón! Por eso, invito a todos a unirnos en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la Basílica de San Pedro el próximo sábado 11 de abril.

En este día de celebración, dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras y marcado por el odio y la indiferencia, que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Al Señor encomendamos todos los corazones que sufren y esperan la verdadera paz que sólo Él puede dar. ¡Confiemos en Él y abrámosle nuestro corazón! Sólo Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

¡Felices Pascuas!

(“Urbi et Orbi” Mensaje del Papa León XIV, Pascua 2026)


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Mi Oración para Ustedes

Únanse a mí por favor para orar por la paz con las palabras del Papa León XIV:

Sigamos rezando por el don de la paz para todo el mundo. Renunciemos a todo deseo de conflicto, dominación y poder, e imploremos al Señor que conceda su paz a un mundo devastado por las guerras y marcado por un odio y una indiferencia que nos hacen sentir impotentes ante el mal. Amén.