Cardenal Tobin:
El camino de María va tras el de Jesús

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Vol. 7. No. 8

Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,

Cada año, durante el Adviento, la Iglesia celebra la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. El dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado infaliblemente por el papa Pío IX en 1854—casi 1900 años después del nacimiento de la humilde mujer de Nazaret, la única persona que ha recibido este don tan importante de Dios. (Véase la selección del Catecismo de la Iglesia Católica más abajo).

Los católicos creen que, desde el momento de su concepción, Dios bendijo a María con Su don de la gracia redentora. Aunque era descendiente de Adán y Eva, y por lo tanto parte de nuestra raza humana pecadora, la misericordia de Dios la mantuvo alejada de las tendencias pecaminosas que afectan a todos los seres humanos y de todo pecado personal.

María estuvo libre de pecado desde su concepción porque fue elegida para dar a luz al único Hijo de Dios, el nuevo Adán, que representa una ruptura radical con el pasado cargado de culpa de la humanidad. En María vemos el cumplimiento de nuestra redención. Ella no nació sin pecado por sus propios méritos, sino porque Dios la eligió para dar a luz a su Verbo hecho carne.

María fue la primera persona en ser redimida por Cristo. Este singular acto de misericordia tuvo lugar antes de que ella aceptara la vocación que Dios tenía prevista para ella. La inmaculada concepción de María la convirtió en la perfecta administradora del don de Dios. En su vientre, aquel que estaba destinado a ser nuestro redentor fue nutrido y formado por la gracia de Dios.

La Divina Misericordia no minimiza la gravedad del pecado. Por el contrario, reconoce la debilidad de nuestra condición humana y permite la posibilidad de que nosotros, seres humanos pecadores, podamos—con la ayuda de la gracia de Dios—superar incluso nuestros pecados más graves y volver al lugar que nos corresponde en la única familia de Dios.

A María se le concedió esta misericordiosa redención por adelantado y, por lo tanto, fue fortalecida por la gracia de Dios ante cada tentación. Como resultado, fue capaz de tomar las decisiones correctas en su vida cotidiana. María es, por lo tanto, el ejemplo supremo de la humanidad redimida. Ella es lo que cada uno de nosotros está llamado a ser: santo, sin pecado y dispuesto a seguir a Jesús—con la ayuda de la gracia de Dios.

Es tentador decir que María tenía una ventaja injusta sobre el resto de nosotros. Ella nació sin pecado, mientras que tú y yo solo tenemos nuestra naturaleza humana debilitada. Pero la vida de María muestra que luchó denodadamente para aceptar situaciones que no podía comprender. El anciano Simeón predijo que una espada traspasaría el corazón de María. Ella necesitaba la ayuda de la gracia de Dios—al igual que nosotros—para afrontar los momentos más difíciles de la vida y decir “sí” a la voluntad de Dios, incluso cuando parecía prometer solo dolor y tristeza.

Como observa el papa León XIV en su homilía para el Jubileo de la Espiritualidad Mariana (véase la selección más abajo), “el camino de María va tras el de Jesús, que nos lleva a encontrarnos con todos los seres humanos, especialmente con los pobres, los heridos y los pecadores. Por eso, la auténtica espiritualidad mariana hace actual en la Iglesia la ternura de Dios, su maternidad”. María sabía que el camino que estaba llamada a recorrer incluiría mucho dolor, pero también creía de todo corazón que la justicia y la misericordia de Dios conducirían finalmente a la alegría eterna.

María fue la primera cristiana, la primera discípula de su hijo. A lo largo de su vida, la misericordia de Dios la guió y, a medida que su amor crecía, fue capaz de tender la mano a los demás—especialmente a los discípulos débiles y temerosos que luchaban por seguir a su Señor a pesar de los graves obstáculos. El poder de la gracia de Dios permitió a María convertirse en lo que ha sido a lo largo de la historia cristiana, una fuente de consuelo, aliento y fortaleza para todos los que buscan evitar el pecado y vivir una vida santa e irreprochable.

La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María es verdaderamente una fiesta de Adviento. Nos recuerda que María, nuestra madre, está dispuesta a ayudarnos a prepararnos para la llegada de su Hijo. Ella es una defensora clara y constante de la misericordia redentora de Dios, instándonos a acudir a su hijo para obtener el perdón de los pecados pasados y la esperanza de una vida mejor.

En su alegre exuberancia, la Iglesia asigna a María muchos títulos exaltados, como el de Inmaculada Concepción, y todos ellos hablan de algún aspecto de su lugar singular en la historia de la salvación. Pero nunca debemos olvidar que esta mujer sencilla alcanzó la grandeza con humildad a través de su aceptación llena de fe de la voluntad de Dios y su disposición a permitir que la gracia de Dios la sostuviera ante cada obstáculo.

María Inmaculada, ruega por nosotros, pecadores. Muéstranos el camino hacia tu hijo, Jesús. Amén.

Sinceramente suyo en Cristo Redentor,
Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark


Catecismo de la Iglesia Catolica
Segunda Edición

An image of Catecismo de la Iglesia Catolica cover_RTLpost Dec 2025.

PRIMERA PARTE
LA PROFESIÓN DE FE

SEGUNDA SECCIÓN

LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO SEGUNDO
CRE EN JEESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS                               

ARTÍCULO 3
“FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO Y NACIÓ DE SANTA MARÍA VIRGEN”

Párrafo 2. “Concebido por Obra y Gracia del Espíritu Santo, Nació de Santa María Virgen”

I. CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO. . .

La Inmaculada Concepción

490 Para ser la Madre del Salvador, María fue “dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante” (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como “llena de gracia” (Lc 1, 28). En efecto, para poder dar el asentimiento libre de su fe al anuncio de su vocación era preciso que ella estuviese totalmente conducida por la gracia de Dios.

491 A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado conciencia de que María “llena de gracia” por Dios (Lc 1, 28) había sido redimida desde su concepción. Es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pío IX:

La bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda la mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano.

492 Esta “resplandeciente santidad del todo singular” de la que María fue “enriquecida desde el primer instante de su concepción”, le viene toda entera de Cristo: ella es “redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo”. El Padre la ha “bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo” más que a ninguna otra persona creada. Él la ha “elegido en él antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor”.

493 Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios “la Toda Santa” (Panaghia), la celebran “como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo”. Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida. Hágase en mi según tu palabra…”

Fuente: vatican.va/archive/catechism


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Un mensaje del Papa León XIV:
En el Cristo Único, Somos Uno

Hermanos y hermanas, la espiritualidad mariana está al servicio del Evangelio: revela su sencillez. El afecto por María de Nazaret nos hace, junto con ella, discípulos de Jesús, nos educa a volver a Él, a meditar y a relacionar los acontecimientos de la vida en los que el Resucitado continúa a visitarnos y llamarnos. La espiritualidad mariana nos sumerge en la historia sobre la que se abrió el cielo, nos ayuda a ver a los soberbios dispersos en los pensamientos de su corazón, a los poderosos derribados de sus tronos, a los ricos despedidos con las manos vacías. Nos compromete a colmar de bienes a los hambrientos, a enaltecer a los humildes, a recordar la misericordia de Dios y a confiar en el poder de su brazo (cf. Lc 1,51-54). Su Reino, en efecto, viene y nos involucra, precisamente como a María, a quien pidió el “sí”, pronunciado una vez, y luego renovado día tras día.

Los leprosos que en el Evangelio no vuelven a dar las gracias nos recuerdan, de hecho, que la gracia de Dios también puede alcanzarnos y no encontrar respuesta, puede curarnos y seguir sin comprometernos. Cuidémonos, pues, de ese subir al templo que no nos lleva a seguir a Jesús. Existen formas de culto que no nos unen a los demás y nos anestesian el corazón. Entonces no vivimos verdaderos encuentros con aquellos que Dios pone en nuestro camino; no participamos, como lo hizo María, en el cambio del mundo y en la alegría del Magnificat. Cuidémonos de toda instrumentalización de la fe, que corre el riesgo de transformar a los diferentes—a menudo los pobres—en enemigos, en “leprosos” a los que hay que evitar y rechazar.

El camino de María va tras el de Jesús, y el de Jesús es hacia cada ser humano, especialmente hacia los pobres, los heridos, los pecadores. Por eso, la auténtica espiritualidad mariana hace actual en la Iglesia la ternura de Dios, su maternidad. Como leemos en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, “cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque ‘derribó de su trono a los poderosos’ y ‘despidió vacíos a los ricos’ (Lc 1,52.53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia” (n. 288).

Fuente: vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2025


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Mi Oración para Ustedes

Por favor únanse a mí en esta oración a María Inmaculada:

María Inmaculada, tu libertad de la maldición del egoísmo y el pecado nos muestra quiénes estamos destinados a ser—personas en perfecta comunión con Dios y con todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de nuestra vocación bautismal.

Amén