Cardenal Tobin: Guerra y Paz
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Vol. 7. No. 25
En la medida en que somos pecadores, la amenaza de la guerra se cierne sobre nosotros y seguirá haciéndolo hasta que Cristo regrese; pero en la medida en que podamos vencer el pecado uniéndonos en la caridad, la violencia misma será vencida (cf. GS 78 § 6)
Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,
La guerra es consecuencia del pecado. Es la destrucción de la armonía y del orden moral que Dios quiso que existieran entre las personas, las naciones y los pueblos. La guerra es siempre un mal, incluso cuando se libra por la necesidad de defender a la humanidad. La Iglesia se opone a toda guerra y aboga por la paz—siempre y en todas partes.
Sí, hay momentos en que la guerra es inevitable—precisamente para proteger vidas humanas o para restablecer la paz. Pero la guerra nunca es bienvenida. Siempre es condenable por el daño que inflige a la vida humana (especialmente a los inocentes) y a la propiedad (especialmente a hogares, negocios, hospitales, escuelas y lugares de culto). “La guerra es un infierno” no es solo un eslogan. Es una descripción acertada de los horrores y el caos que resultan de los actos de guerra, especialmente en esta era nuclear.
La “Doctrina de la Guerra Justa” de la Iglesia es una herramienta útil para determinar si una guerra está justificada o no, bajo condiciones muy estrictas y limitadas. Sin embargo, como ha señalado el Papa León XIV (véase el extracto a continuación), tal vez sea necesario examinar esta enseñanza, y posiblemente actualizarla, para garantizar que tome en cuenta las circunstancias cambiantes de la vida moderna y la guerra contemporánea. Por ejemplo, el uso de drones no tripulados impulsados por inteligencia artificial (IA) plantea serias preguntas sobre la responsabilidad moral que deben abordarse como nunca antes.
Cuando la Iglesia afirma que siempre defiende la paz frente a la guerra, estamos describiendo un estado de las cosas humanas que va mucho más allá de la mera ausencia de conflicto armado. La paz no es solo estabilidad social. Nuestra comprensión de la paz está orientada hacia la comunión con Dios y el verdadero bien de la persona humana. La doctrina de la Iglesia sobre la construcción de la paz afirma que el shalom de Jesús significa “comunión perfecta con Dios”, y que la construcción de la paz brota de la humildad, la mansedumbre, el perdón y la misericordia.
La beligerancia y el belicismo son lo opuesto a la construcción de la paz. Esa es una de las razones por las que el Papa León insiste en que dejemos de idealizar el acto de la guerra y sus actividades simbólicas. La guerra no es gloriosa, y aunque hacemos bien en honrar el heroísmo de quienes han luchado contra la tiranía y la injusticia, nunca debemos pretender que los actos de guerra sean en sí mismos dignos de celebración.
La verdadera paz exige que renunciemos al egoísmo, al orgullo falso y a la venganza. Nos pide que seamos amables, humildes y clementes, incluso cuando todo en nuestro interior clama por una justicia estricta o por venganza contra quienes nos han insultado o lastimado. Jesús nos enseña la verdad contraintuitiva de que el amor vence todo mal, mientras que la acción agresiva simplemente genera más enemistad.
Los santos y santas que formularon lo que hoy llamamos Doctrina de la Guerra Justa eran artífices de la paz a imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Reconocían la lamentable necesidad de tomar medidas defensivas contra las fuerzas de las tinieblas que destruirían todo lo que apreciamos, pero insistían en que la guerra es un mal y que la paz exige una moderación y un perdón extraordinarios. Así, por ejemplo, cuando el Papa León nos pide que dejemos de luchar y entablemos un diálogo serio para encontrar soluciones que hagan de la paz una realidad, no está siendo ingenuo. Se mantiene firme junto a Jesús y a todos los santos en el esfuerzo por construir el reino de la paz aquí y ahora.
El Concilio Vaticano II enseñó que “la carrera de armamentos es la plaga más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable” (GS 81 § 3). El papa León reafirma esta enseñanza e invita a todas las personas de buena voluntad a abrazar la visión de paz que ofrece el profeta Isaías:
Convertirán sus espadas en arados, y sus lanzas en hoces; ningún pueblo volverá a tomar las armas contra otro, ni se adiestrarán más para la guerra (cf. Is 2:4).
La responsabilidad de la Iglesia—siempre y en todas partes—es abogar por la justicia, la caridad y la paz duradera. Lamentamos profundamente la condición pecaminosa del ser humano, que ha hecho que la guerra sea tan frecuente en la historia de la humanidad hasta el día de hoy. En lugar de celebrar la guerra, buscamos formas de regocijarnos en el arte de forjar la paz, y honramos a aquellos héroes entre nosotros que han sacrificado tanto para lograr, preservar y defender las virtudes que hacen posible la paz.
Que nuestro Señor Jesucristo, el Príncipe de la Paz, nos inspire a todos a trabajar por la justicia con caridad y a orar por una paz que perdure hasta su regreso.
Sinceramente suyos en Cristo Redentor,
Cardenal J. W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark

26 de junio de 2026
La sesión, titulada “La Cultura del Poder y la Civilización del Amor”, se dedicó a reflexionar sobre el Capítulo Cinco de la encíclica Magnifica Humanitas.
La guerra no debe normalizarse
Once grupos abordaron los desafíos de la actualidad, destacando “la fuerza deshumanizadora de la cultura del poder, su alcance universal, la tentación de ajustarse a la lógica de los poderosos y la normalización de la guerra y la polarización, que reducen la tolerancia de la sociedad ante la violencia y fomentan enfoques peligrosamente simplistas para resolver los conflictos”.
En este contexto, los participantes hicieron hincapié en la responsabilidad de construir la paz y una civilización del amor. También destacaron la importancia de ofrecer un testimonio creíble—comenzando desde dentro de la propia Iglesia—a través de un lenguaje centrado en las personas: un lenguaje de escucha, perdón, reconciliación, justicia restaurativa y gestos concretos. Dicho lenguaje, afirmaron, es capaz de conmover los corazones de quienes se encuentran en medio de un conflicto, reconocer las heridas causadas por la guerra y fomentar la búsqueda de la unidad dentro de la Iglesia.
La responsabilidad de construir la paz
El debate también puso de relieve que la unidad dentro de la Iglesia es esencial para su credibilidad, al igual que el diálogo con otras confesiones y religiones, en particular con el islam. En un momento en que la globalización de la indiferencia hace que las personas sean cada vez más insensibles al sufrimiento ajeno, cada individuo está llamado a asumir la responsabilidad de construir la paz.
En este contexto, todos los grupos reafirmaron el papel central de la fe en Cristo y del Evangelio, que tiene el poder de transformar el mundo cuando se vive, en lugar de ser tratado como mera teoría. También destacaron la vocación original de la Iglesia, señalando que algunas situaciones solo pueden abordarse mediante la intervención de Dios. Varios grupos mencionaron como ejemplos la labor de la Iglesia en Tierra Santa y en Europa del Este.
La discusión también abordó el papel de la autoridad política, pidiendo que se libere de lo que se describió como su vínculo tóxico con el poder económico. Otros temas incluyeron la familia, la educación, la dificultad de ir más allá de la exigencia de soluciones inmediatas y la necesidad de una evangelización audaz. Varios grupos también destacaron el papel de la diplomacia de la Santa Sede y de los nuncios papales para garantizar que la voz de la Iglesia siga siendo escuchada.
Apoyo al llamado papal a la paz
En este contexto, muchos participantes destacaron la necesidad de ir más allá de la lógica de la guerra justa, puesto que el Evangelio no puede imponerse por la fuerza, y en su lugar, hablar del derecho a la legítima defensa proporcionada.
Se expresó una profunda gratitud al Papa León por la encíclica, por su condena de los conflictos armados y por sus reiterados llamamientos a la paz. El debate también reflexionó sobre el ministerio petrino (munus petrinum) como garantía de la independencia de la Iglesia frente a la autoridad política, así como sobre la necesidad de gestos simbólicos que puedan servir como signos visibles de paz en la actualidad.
(Un extracto del informe de Vatican News report sobre la sesión de la tarde del Consistorio Extraordinario, celebrado el 26 de junio de 2026 en la Sala de Audiencias Pablo VI del Vaticano)

Un mensaje del Papa León XIV:
En el Cristo Único, Somos Uno
La cultura del poder
188. En los tiempos que vivimos se está consolidando una cultura del poder, en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común de la humanidad a un segundo plano y reduciendo el drama concreto de los pueblos en guerra a una variable secundaria respecto a los intereses estratégicos. Esta cultura del poder penetra en la sociedad, modifica las relaciones y los comportamientos, se expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor, aprovechándose de la crisis del multilateralismo y alimentando un falso realismo, el cual repite que no existen alternativas.
La normalización de la guerra
189. En 1965 resonó con fuerza el grito de san Pablo VI ante la Asamblea de la ONU: “¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra!”. Debemos reconocer que, a pesar de los deseos y las proclamas de paz, los últimos sesenta años han estado marcados por conflictos de una ferocidad impresionante, que a menudo han afectado masivamente a las poblaciones civiles, causando víctimas inocentes, oleadas de refugiados, desestabilización social y heridas de larga duración. Sin embargo, en el discurso público prevalecía la convicción de que la guerra debía seguir siendo un último recurso, sujeta a rigurosos límites éticos y jurídicos y, en cualquier caso, a un horizonte político orientado a la paz. A raíz de los acontecimientos ocurridos en el período de entreguerras, tras la Segunda Guerra Mundial se produjo un giro: la paz se situó en el centro del orden internacional, como lo atestigua en particular la Carta de las Naciones Unidas, que se propone “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. Muchas Constituciones nacionales, en la misma línea, habían relegado el uso de las armas a casos extremos y rigurosamente delimitados. Incluso durante la Guerra Fría, a pesar de la presencia de conflictos graves, persistía la conciencia de que había que evitar a toda costa un nuevo conflicto mundial.
190. Hoy, en cambio, asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso. Los conflictos regionales que se prolongan en el tiempo, la escalada de tensiones y las amenazas cruzadas se vuelven casi habituales, y resurgen formas de conflicto por la expansión territorial que se creían superadas. La opinión pública se orienta y acostumbra progresivamente a narrativas mediáticas polarizadas, a menudo amplificadas por algoritmos que valoran el enfrentamiento y la oposición.
191. También asistimos a una preocupante pérdida de la memoria histórica. La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas. Sin una memoria viva de los horrores de la guerra, las decisiones políticas corren el riesgo de tomarse sobre la base de cálculos de fuerza, carentes de una visión de las consecuencias a largo plazo.
192. A todo esto se suma un elemento nuevo y decisivo: la dimensión mediática y digital. Las redes de comunicación, los entornos informativos fragmentados y los algoritmos que premian el enfrentamiento pueden amplificar la polarización y el resentimiento, acelerar la propaganda y dificultar el discernimiento común. Así, la guerra no sólo se libra, sino que también se prepara culturalmente a través de narrativas simplistas, lógicas de amigo-enemigo, desinformación y miedo. Cuando se atenúa la memoria histórica y se debilitan los criterios éticos que protegen a los civiles y a los más frágiles, se vuelve más fácil presentar la violencia como necesaria, inevitable o incluso “limpia”. Es en este contexto donde la humanidad está cayendo en la cultura violenta del poder, donde la paz ya no se presenta como una tarea por asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto. La humanidad cuenta con instrumentos mucho más eficaces y capaces de promover la vida humana para afrontar los conflictos, como el diálogo, la diplomacia y el perdón. El uso de la fuerza, la violencia y las armas testimonia una pobreza relacional que siempre tiene consecuencias desastrosas para las poblaciones civiles.
La fuerza sin límites
193. Un elemento decisivo del panorama actual es el crecimiento de la industria bélica, que se ha convertido en un sector clave de la economía de algunos países. La estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas genera una “nación armada”, en la que la guerra parece casi una prolongación natural de la política y el mercado de las armas se convierte en un motor autónomo de las decisiones bélicas. No podemos ignorar los enormes intereses económicos que están detrás de la guerra. Las industrias armamentísticas y los países que suministran armas se benefician de un mercado que prospera precisamente gracias a los conflictos. En este sentido, existe también una lógica económica que contribuye a alimentar tensiones en diversas regiones del mundo.
194. Los arsenales militares están en el centro de la atención. En el pasado, el reconocimiento de la amenaza que representaban las armas capaces de destruir a toda la humanidad había favorecido vías de distensión y de negociación sobre el desarme. Lamentablemente, hemos salido de ese horizonte y la evolución de los arsenales nucleares—incluida la perspectiva de usos “tácticos”—hace el uso de tales armas parezca una posibilidad cada vez menos remota. En este contexto, la entrada en vigor en 2021 del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, respaldado por más de setenta países, representa una señal importante, pero corre el riesgo de quedar en gran parte simbólica, ya que las principales potencias atómicas no se han adherido a él. Así se ha extendido la creencia, errónea, de que la disuasión nuclear es una condición indispensable para la seguridad, lo que ha alimentado una nueva y difícilmente controlable carrera armamentística, acompañada del desmantelamiento progresivo de los acuerdos de reducción de las armas nucleares y del desarrollo de armas “miniaturizadas”, que hacen más fácil considerar su uso como una opción viable.
195. La misma lógica se observa en los conflictos convencionales. La fuerza militar, la debilidad de las iniciativas diplomáticas y la complejidad de los intereses en juego favorecen conflictos que tienden a hacerse crónicos, con un costo humano y ambiental altísimo. Es mucho más fácil iniciar una guerra que detenerla y, sin embargo, la reflexión sobre la prevención de conflictos sigue siendo dramáticamente marginal.
196. El panorama se vuelve aún más inestable por la presencia de nuevos actores armados, tales como grupos yihadistas, milicias privadas, y redes criminales que marcan el fin del monopolio estatal de la fuerza. A menudo, estos sujetos entrelazan motivaciones ideológicas vagas con intereses económicos muy concretos, transformando la guerra en un verdadero modo de vivir para generaciones enteras de jóvenes y niños. Aquí el objetivo ya no es una victoria definitiva, sino la perpetuación del conflicto como fuente de poder y beneficios.
Armas e Inteligencia Artificial
197. A este panorama se suma el desarrollo incesante de los sistemas de armas y en particular de las armas relacionadas con la IA. La Santa Sede ha señalado recientemente que la creciente facilidad con la que se pueden emplear los sistemas de armas con autonomía operativa hace que la guerra sea más “viable” y menos sujeta al control humano, lo que contradice el principio de que recurrir a la fuerza armada debe ser un último recurso en caso de legítima defensa. Por ello, el desarrollo y el uso de la IA en el ámbito bélico deben estar sujetos a las restricciones éticas más rigurosas, y al respeto de la dignidad humana y de la sacralidad de la vida, evitando una carrera armamentista.
198. A veces se habla de “agentes morales artificiales”, como si una máquina pudiera garantizar, con mayor coherencia que un ser humano, la distinción entre el bien y el mal. Pero el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles. No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable. La IA no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse. Por tanto, es de máxima importancia infundir valores y un juicio prudente en la programación de los sistemas artificiales que construimos; estos pueden contribuir a un ecosistema moral en el que los seres humanos estén mejor preparados para escuchar su propia conciencia y en el que los modelos de IA establezcan límites adecuados.
199. No es suficiente invocar la ética de manera genérica. Es necesario indicar criterios precisos de discernimiento. El primero se refiere a la responsabilidad personal. Cuando la decisión de atacar se automatiza o se vuelve opaca, aumenta el riesgo de que se pierda el sentido de la responsabilidad. Por eso, la cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones. El segundo criterio se refiere al tiempo del juicio moral. La IA tiende a acortar los tiempos de decisión; pero, en la guerra, las decisiones irreversibles no pueden tener como criterios supremos la rapidez y la eficiencia. El tercer criterio es la distinción y la protección de los civiles. Toda tecnología que facilite atacar sin ver el rostro del otro baja el umbral moral del conflicto. La selección de objetivos y el uso de la fuerza no pueden confundir a combatientes y no combatientes, ni ignorar el impacto sobre las poblaciones indefensas.
200. De estos criterios se derivan algunas exigencias ineludibles. En primer lugar, para cada sistema empleado en el ámbito bélico deben garantizarse la trazabilidad y la posibilidad de reconstruir las decisiones, de modo que la responsabilidad y las posibles culpas no se disuelvan “en la máquina”. En segundo lugar, la decisión de emplear la fuerza letal no puede delegarse en procesos turbios o automatizados, sino que debe permanecer bajo un control humano efectivo, consciente y responsable. Por último, es necesario establecer reglas compartidas, incluso a nivel internacional, que frenen la carrera armamentística tecnológica y aseguren una protección especial a los civiles y a las infraestructuras esenciales para su supervivencia.
(Seleccionado de la encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, no. 188–200)

Mi Oración para Ustedes
Shalom aleichem lekulam! (¡Que la paz esté con todos ustedes!)
Señor Jesucristo, tu saludo habitual, Shalom, nos invita a entrar en perfecta comunión con nuestro Dios Trino. Concédenos tu paz, oh Señor. Ayúdanos a trabajar por la justicia, a practicar la caridad y a orar para que todas nuestras hermanas y hermanos se unan en la búsqueda del bien común de todos.
Amén.