Cardenal Tobin:
Jesús, un Mesías pobre que ama a los pobres

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres
(Lc 4:18, cf. Is 61:1)

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Vol. 7. No. 7

Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,

Si aún no han leído la Exhortación Apostólica recientemente publicada Dilexi Te, Sobre el Amor hacia los Pobres, a continuación, se ofrece una selección. Sin embargo, les animo encarecidamente a leer el texto completo en: www.vatican.va

Me encanta esta carta por su contenido poderoso, pero también me encanta porque es una mezcla perfecta del corazón pastoral y la enseñanza profunda del difunto Papa Francisco, quien inició este proyecto, y de nuestro nuevo Santo Padre, el Papa León XIV, quien lo completó. Estos dos grandes pastores hablan aquí con una sola voz, y lo que nos dicen es importante: el Hijo único de Dios, nuestro Redentor, se hizo pobre para amar y servir a los pobres. Y aquellos de nosotros que nos hemos comprometido a seguir a Jesús, el Mesías pobre, tenemos la obligación por amor de respetar y servir a los pobres como él lo hizo.

De acuerdo a Dilexi Te:

El Evangelio muestra que esta pobreza incidió en cada aspecto de la vida de Jesús. Desde su llegada al mundo, experimentó las dificultades relativas al rechazo. El evangelista Lucas, narrando la llegada a Belén de José y María, ya próxima a dar a luz, observa con amargura: “No había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2,7). Jesús nació en condiciones humildes; recién nacido fue colocado en un pesebre y, muy pronto, para salvarlo de la muerte, sus padres huyeron a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Al inicio de la vida pública, fue expulsado de Nazaret después de haber anunciado que en Él se cumple el año de gracia del que se alegran los pobres (cf. Lc 4,14-30). No hubo un lugar acogedor ni siquiera a la hora de su muerte, ya que lo condujeron fuera de Jerusalén para crucificarlo (cf. Mc 15,22). En esta condición se puede resumir claramente la pobreza de Jesús. Se trata de la misma exclusión que caracteriza la definición de los pobres: ellos son los excluidos de la sociedad.

Los Evangelios también revelan que Jesús, el Mesías pobre, tenía un amor especial por los pobres. Él reconocía su sufrimiento y sentía compasión por su soledad y su miedo. Nunca apartó la vista de su situación ni actuó como si no le preocupara. Siempre, nuestro Señor estuvo junto a los pobres—consolando sus penas, sanando sus heridas y alimentando sus cuerpos y sus almas—no como un extraño condescendiente, sino como uno de ellos.

Todos los discípulos de Jesucristo están llamados a amar a los pobres como Él lo hizo. Estamos invitados y desafiados a ver a los pobres, a iluminar la realidad de la pobreza y a responder con corazones transformados.

Creemos que todo ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios; que cada vida es sagrada, desde la concepción hasta la muerte natural; y que la dignidad humana proviene de lo que somos como personas más que de lo que hacemos o poseemos

Creemos que todas las personas deben disfrutar de una calidad de vida acorde con las exigencias de la dignidad humana. Por eso, la enseñanza social de nuestra Iglesia acoge a los pobres y oprimidos como miembros de la familia de Dios, quienes merecen tener voz en su futuro. Cristo enseñó que se debe atender primero a los que tienen mayor necesidad. A través de sus palabras y ejemplo, demostró que cuidar de los pobres es tanto un asunto de justicia como de caridad.

Los católicos de todas las regiones de nuestra arquidiócesis están profundamente comprometidos a servir a los necesitados a través de nuestras agencias de Caridades Católicas y nuestras parroquias, escuelas y organizaciones de salud. La generosidad de nuestra gente es extraordinaria, haciendo posibles miles de horas de amor y servicio cada semana en todas las regiones de nuestra arquidiócesis. Como arzobispo, reconozco y aplaudo la bondad de diversas personas e instituciones de todo el norte de Nueva Jersey, y doy gracias a Dios por el amor y la compasión mostrados a tantos de nuestros hermanos y hermanas en sus momentos de grave necesidad.

También sé que se necesita mucho más. ¿Qué podemos hacer ustedes y yo para ayudar a aliviar la pobreza—tanto ahora como en el futuro? Podemos “asaltar el cielo” con la confianza de que nuestras oraciones serán escuchadas y respondidas. Podemos trabajar para fortalecer a las familias. Podemos abogar por la vitalidad económica y el acceso a viviendas asequibles de alta calidad, educación y atención médica. ¡Y podemos apoyar a Caridades Católicas y otras agencias de servicio social mediante generosas y sacrificadas donaciones de tiempo, talento y tesoro!

Por encima de todo, como dejan claro el Papa Francisco y el Papa León, estamos llamados a amar a nuestras hermanas y hermanos que son pobres y vulnerables de muchas maneras. No debemos ser indiferentes hacia ellos ni hacia su situación.

Como cristianos, estamos llamados a reconocer a Jesús en el rostro de los pobres. Ver a nuestros hermanos y hermanas tal como son—miembros de la familia de Dios que tienen dones para compartir con nosotros y que nos obligan a compartir nuestros dones a su vez—es un elemento esencial de la caridad cristiana. Vernos a nosotros mismos como administradores de todos los dones de Dios es parte integral del discipulado cristiano auténtico.

Reconozcamos la pobreza que nos rodea. Respondamos con corazones abiertos y generosos a las necesidades inmediatas y a largo plazo de nuestros hermanos y hermanas. Y reconozcamos a Cristo en todos los que son pobres, vulnerables y necesitan de nuestro amor.

Sinceramente suyo en Cristo Redentor,
Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark


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Un mensaje del Papa León:
En el Cristo Único, Somos Uno

Jesús, el Mesías Pobre
18. La historia del Antiguo Testamento de la predilección de Dios por los pobres y el deseo divino de escuchar su grito —que he evocado brevemente— encuentra en Jesús de Nazaret su plena realización. En su encarnación, Él “se humilló a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano” (Flp 2,7), de esa forma nos trajo la salvación. Se trata de una pobreza radical, fundada sobre su misión de revelar el verdadero rostro del amor divino (cf. Jn 1,18; 1 Jn 4,9). Por tanto, con una de sus admirables síntesis, san Pablo puede afirmar: “Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza” (2 Co 8,9).

19. El Evangelio muestra que esta pobreza incidió en cada aspecto de la vida de Jesús. Desde su llegada al mundo, Jesús experimentó las dificultades relativas al rechazo. El evangelista Lucas, narrando la llegada a Belén de José y María, ya próxima a dar a luz, observa con amargura: “No había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2,7). Jesús nació en condiciones humildes; recién nacido fue colocado en un pesebre y, muy pronto, para salvarlo de la muerte, sus padres huyeron a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Al inicio de su vida pública, fue expulsado de Nazaret después de haber anunciado que en Él se cumple el año de gracia del que se alegran los pobres (cf. Lc 4,14-30). No hubo un lugar acogedor ni siquiera a la hora de su muerte, ya que lo condujeron fuera de Jerusalén para crucificarlo (cf. Mc 15,22). En esta condición se puede resumir claramente la pobreza de Jesús. Se trata de la misma exclusión que caracteriza la definición de los pobres: ellos son los excluidos de la sociedad. Jesús es la revelación de este privilegium pauperum. Él se presenta al mundo no sólo como Mesías pobre sino como Mesías de los pobres y para los pobres.

20. Hay algunos indicios a propósito de la condición social de Jesús. En primer lugar, Él realizaba el oficio de artesano o carpintero, téktōn (cf. Mc 6,3). Se trata de una categoría de personas que vivían de su trabajo manual. Además, al no poseer tierras, eran considerados inferiores respecto a los campesinos. Cuando el pequeño Jesús fue presentado en el Templo por José y María, sus progenitores ofrecieron una pareja de tórtolas o pichones (cf. Lc 2,22-24), que según las prescripciones del libro del Levítico (cf. 12,8) era la ofrenda de los pobres. Un episodio evangélico significativo es el que relata cómo Jesús, junto con sus discípulos, arrancaban espigas para comer mientras atravesaban los campos (cf. Mc 2,23-28), y esto —espigar los sembrados— sólo le era permitido a los pobres. Jesús mismo, luego, dice de sí: “Las zorras tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20; Lc 9,58). Él, en efecto, es un maestro itinerante, cuya pobreza y precariedad es signo de su vínculo con el Padre y es lo que se le pide también a quien quiere seguirlo en el camino del discipulado, precisamente para que la renuncia a los bienes, a las riquezas y a las seguridades de este mundo sean signo visible de la confianza en Dios y en su providencia.

21. Al comienzo de su ministerio público, Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret leyendo el libro del profeta Isaías y aplicándose a sí mismo la palabra del profeta: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4,18; cf. Is 61,1). Él, por tanto, se presenta como Aquel que viene a manifestar en el hoy de la historia la cercanía amorosa de Dios, que es ante todo obra de liberación para quienes son prisioneros del mal, para los débiles y los pobres. Los signos que acompañan la predicación de Jesús son manifestación del amor y de la compasión con la que Dios mira a los enfermos, a los pobres y a los pecadores que, en virtud de su condición, eran marginados por la sociedad, pero también por la religión. Él abre los ojos a los ciegos, cura a los leprosos, resucita a los muertos y anuncia la buena noticia a los pobres; Dios se acerca, Dios los ama (cf. Lc 7,22). Esto explica por qué Él proclama: “¡Dichosos ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!” (Lc 6,20). En efecto, Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de liberación del Señor y, por eso, aun en la condición de pobreza o debilidad, ya ninguno debe sentirse abandonado. Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado (cf. St 2,2-4).

22. En aquel tiempo, los indigentes y enfermos, incapaces de procurarse lo necesario para vivir, se encontraban muchas veces obligados a la mendicidad. A esto se añadía el peso de la vergüenza social, alimentado por la convicción de que la enfermedad y la pobreza estuvieran vinculadas a algún pecado personal. Jesús se opuso con firmeza a ese modo de pensar, afirmando que Dios “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45). Es más, dio un vuelco completo a esa concepción, como queda bien ejemplificado en la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro: “Hijo mío, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento” (Lc 16,25).

23. Entonces es claro que “de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad”. Muchas veces me pregunto por qué, aun cuando las Sagradas Escrituras son tan precisas a propósito de los pobres, muchos continúan pensando que pueden excluir a los pobres de sus atenciones. Por el momento, sigamos aún en el ámbito bíblico e intentando reflexionar sobre nuestra relación con los últimos de la sociedad y su lugar fundamental en el pueblo de Dios.

Una selección de la  Exhortación Apostólica del Papa León XIV, Dilexi Te, Sobre el Amor hacia los Pobres


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Mi Oración para Ustedes

Por favor únanse a mí en esta Oración inspirada por la Encíclica del Papa Francisco Fratelli Tutti, nos. 64, 67, 70:

Señor Jesús,

Tú nos enseñas en tu parábola que hay dos clases de personas:
– los que se inclinan para ayudar y los que miran para otro lado.
¿Qué tipo de personas seremos?

Decimos: “Sí, Señor, te amaré y amaré a mi prójimo”.
Pero luego preguntamos:
El migrante … ¿es mi prójimo?
Los pobres … ¿son mis prójimos?
Víctimas de la guerra en el mundo … ¿son prójimos?
El que se enfrenta al racismo… ¿es mi prójimo?
Los discapacitados o los ancianos … ¿son mis prójimos?

Tú nos recuerdas: sí. Todos somos vecinos.

Muéstranos cómo amar, Señor.
Que abramos nuestros ojos.
Que salgamos de nuestro cómodo aislamiento.
Que podamos construir un mundo de compasión y dignidad.

Señor Jesús, tú que fuiste el prójimo de todos,
Ayúdanos a perseverar en el amor.
Ayúdanos a restaurar la dignidad al sufrimiento.
Ayúdanos a construir una sociedad basada no en la exclusión, sino en la comunidad.

Amén.

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Fuente: www.usccb.org