Cardenal Tobin:
¡No olvidemos que la paz es posible!
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Vol. 7. No. 10
Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,
Solo ha pasado un mes desde que el Papa León XIV regresó de su primer viaje apostólico a Turquía y Líbano. Junto con su hermano Bartolomé, patriarca ecuménico de Constantinopla, y representantes de otras confesiones cristianas, el papa y sus compañeros peregrinos se reunieron en Iznik para rezar juntos en el lugar donde se encontraba la antigua ciudad de Nicea, donde hace 1700 años se celebró el primer Concilio Ecuménico.
En Turquía, nuestro Santo Padre se reunió con la comunidad católica local. “A través del diálogo paciente y el servicio a los que sufren”, dijo, “dan testimonio del Evangelio del amor y de la lógica de Dios, que se manifiesta en la pequeñez”.
En el Líbano, que el Papa León describe como “un mosaico de convivencia”, el Santo Padre se reunió con personas que difunden el Evangelio acogiendo a refugiados, visitando a presos y compartiendo alimentos con los necesitados. Dijo que se sintió “confortado al ver a tanta gente en la calle que vino a saludarme”, y se emocionó especialmente por su encuentro con las familias de las víctimas de la explosión en el puerto de Beirut. “El pueblo libanés esperaba una palabra y una presencia de consuelo”, dijo el Papa León, “¡pero fueron ellos quienes me consolaron con su fe y su entusiasmo!”.
Las reflexiones del Papa León sobre su primer viaje apostólico incluyen esta poderosa advertencia a todos los que anhelan la justicia y la paz en nuestro tiempo:
Queridos hermanos y hermanas, todo lo que ha sucedido en estos últimos días en Turquía y Líbano nos enseña que la paz es posible y que los cristianos, en diálogo con hombres y mujeres de otras religiones y culturas, pueden contribuir a construirla. ¡No olvidemos que la paz es posible!
La simple afirmación “la paz es posible” puede parecer increíblemente ingenua. Dadas las guerras en curso en Ucrania, Oriente Medio, África y muchas otras regiones del mundo, ¿cómo es posible creer que la paz —entendida como algo más que un alto el fuego temporal— es alcanzable ahora o en algún momento?
Es cierto que la paz verdadera y duradera se produce cuando trabajamos por la justicia. Es el resultado del arduo trabajo de la civilización, el estado de derecho y el orden adecuado de las estructuras sociales. La paz requiere equidad, respeto por la dignidad humana y el rechazo a aprovecharse de la debilidad ajena. El papa León nos recuerda que “los cristianos, en diálogo con hombres y mujeres de otras religiones y culturas, pueden contribuir a construir [la paz en nuestro mundo]”.
La paz duradera —más que un alto al fuego temporal o una pausa periódica entre actos hostiles— es el resultado de la caridad. No puede haber paz verdadera sin perdón o sin la voluntad de sacrificar nuestros intereses individuales o colectivos en aras de una armonía genuina. Si queremos la paz, debemos abandonar nuestro deseo de venganza y estar dispuestos a dejar que las viejas heridas sanen gracias a la gracia salvadora del amor de Dios.
La paz ha sido posible para nosotros porque, a través de la sangre de Su cruz, Cristo nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros. Hemos sido perdonados para que podamos perdonar a los demás. Hemos recibido misericordia para que podamos dejar atrás nuestro deseo de venganza contra aquellos que nos hacen daño y buscar una justicia superior basada en el amor.
La paz llegará cuando “cedamos y dejemos que Dios actúe”. Cuando llegue ese día, las naciones se unirán en un orden mundial que respete los derechos humanos fundamentales y la auténtica diversidad cultural de las naciones y los pueblos. Los vecinos se ayudarán y respetarán mutuamente. Las familias vivirán juntas con alegría. Y cada mujer y cada hombre de la Tierra estarán tranquilos, sin preocupaciones y en paz.
Cuando llegue ese día, Cristo volverá y su paz se establecerá en toda la creación.
Al comenzar este nuevo año, recemos por nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, y renovemos nuestro compromiso con la justicia y con amar a Dios y a nuestro prójimo desinteresadamente, tal como Cristo nos ama.
Que la paz de Cristo esté con ustedes en 2026 y siempre. Por intercesión de la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, que encuentren la felicidad y la alegría en trabajar por la justicia y en compartir los dones de Dios con los demás en el nombre de Jesús.
¡La paz sea con ustedes!
Sinceramente suyo en Cristo Redentor,
Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark
Salmo 72
Una Oración por la Justicia y la Paz
Concede, oh Dios, al rey,
tu propia justicia y rectitud.
Que abunden la paz y la rectitud
en los días de su reinado,
hasta que la luna deje de existir.
Dominará de mar a mar,
desde el río hasta los confines de la tierra.
¡Que le traigan regalos y tributos
los reyes de Tarsis y de las islas,
los reyes de Sabá y de Sebá!
Él juzgará a tu pueblo con justicia,
y a tus afligidos con juicio.
¡Que todos los reyes se arrodillen ante él!
¡Que todas las naciones le sirvan!
Pues él salvará al pobre que suplica,
y al necesitado que no tiene quien lo ayude.
Tendrá compasión de los humildes,
y salvará la vida de los pobres.

Un mensaje del Papa León XIV:
Selecciones del Viaje Apostólico del Papa León XIV a Turquía y Líbano con motivo del 1700 Aniversario del Primer Concilio de Nicea.
27 de noviembre – 2 de diciembre de 2025.
HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
“Volkswagen Arena” (Istanbul)
Sábado, 29 de noviembre de 2025
En este contexto, la liturgia nos propone, en la primera lectura (cf. Is 2,1-5), una de las páginas más bellas del libro del profeta Isaías, donde resuena la invitación dirigida a todos los pueblos a subir al monte del Señor (cf. v. 3), lugar de luz y de paz. Me gustaría, pues, que meditáramos sobre nuestro ser Iglesia, deteniéndonos en algunas imágenes contenidas en este texto.
La primera es la del “monte elevado sobre la cima de los montes” (cf. Is 2,2). Nos recuerda que los frutos de la acción de Dios en nuestra vida no son un don sólo para nosotros, sino para todos. La belleza de Sión, ciudad en la montaña, símbolo de una comunidad renacida en la fidelidad que es signo de luz para hombres y mujeres de cualquier origen, nos recuerda que la alegría del bien es contagiosa. Encontramos confirmación de ello en la vida de muchos santos. San Pedro conoce a Jesús gracias al entusiasmo de su hermano Andrés (cf. Jn 1,40-42), quien, a su vez, junto con el apóstol Juan, es llevado al Señor por el celo de Juan el Bautista. San Agustín, siglos más tarde, llega a Cristo gracias a la ardiente predicación de san Ambrosio, y así muchos otros.
En todo esto, también para nosotros hay una invitación a renovar en la fe la fuerza de nuestro testimonio. San Juan Crisóstomo, gran pastor de esta Iglesia, hablaba del encanto de la santidad como un signo más elocuente que muchos milagros. Decía que “el prodigio fue y pasó, pero la vida cristiana permanece y edifica continuamente” (cf. Homilías sobre el Evangelio de san Mateo, 43, 5), y concluía: “Vigilemos, pues, sobre nosotros mismos, para beneficiar también a los demás” (cf. ibíd.). Queridos hermanos, si realmente queremos ayudar a las personas con las que nos encontramos, vigilemos sobre nosotros mismos, como nos recomienda el Evangelio (cf. Mt 24,42); cultivemos nuestra fe con la oración, con los sacramentos, vivámosla coherentemente en la caridad, desechemos —como nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura— las obras de las tinieblas y vistámonos con la armadura de la luz (cf. Rm 13,12). El Señor, a quien aguardamos glorioso al final de los tiempos, viene cada día a llamar a nuestra puerta. Estemos preparados (cf. Mt 24,44) con el compromiso sincero de una vida buena, como nos enseñan los numerosos modelos de santidad de los que es rica la historia de esta tierra.
La segunda imagen que nos transmite el profeta Isaías es la de un mundo en el que reina la paz. Él lo describe así: “con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra” (Is 2,4). ¡Con qué urgencia percibimos hoy esta llamada! ¡Cuánta necesidad de paz, de unidad y de reconciliación hay a nuestro alrededor, y también en nosotros y entre nosotros! ¿Cómo podemos contribuir a responder a esta exigencia?
Para comprenderlo, nos ayudamos del “logotipo” de este viaje, en el que uno de los símbolos elegidos es el puente. Puede hacernos pensar también en el famoso gran viaducto que, en esta ciudad, cruzando el Estrecho del Bósforo, une dos continentes: Asia y Europa. Con el tiempo, se han añadido otros dos pasos, de modo que actualmente hay tres puntos de unión entre las dos orillas. Tres grandes estructuras de comunicación, intercambio y encuentro; imponentes a la vista, pero tan pequeñas y frágiles si se comparan con los inmensos territorios que conectan.
Su triple extensión a través del Estrecho nos hace pensar en la importancia de nuestros esfuerzos comunes por la unidad en tres niveles: dentro de la comunidad, en las relaciones ecuménicas con los miembros de otras confesiones cristianas y en el encuentro con los hermanos y hermanas que pertenecen a otras religiones. Cuidar estos tres puentes, reforzándolos y ampliándolos de todas las formas posibles, forma parte de nuestra vocación de ser una ciudad construida sobre la montaña (cf. Mt 5,14-16).
Fuente: vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2025
HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV
“Beirut Waterfront” (Beirut)
Martes, 2 de diciembre de 2025
Como hemos escuchado, el motivo del agradecimiento de Jesús al Padre no es por obras extraordinarias, sino porque revela su grandeza precisamente a los pequeños y humildes, a aquellos que no llaman la atención, que parecen contar poco o nada, que no tienen voz. De hecho, el Reino que Jesús viene a inaugurar tiene precisamente esta característica de la que nos habló el profeta Isaías: es un brote, un pequeño retoño que surge de un tronco (cf. Is 11,1), una pequeña esperanza que promete el renacimiento cuando todo parece morir. Así se anuncia al Mesías y, al venir en la pequeñez de un brote, sólo puede ser reconocido por los pequeños, por aquellos que sin grandes pretensiones saben percibir los detalles ocultos, las huellas de Dios en una historia aparentemente perdida.
Es también una indicación para nosotros, para que tengamos ojos que sepan reconocer la pequeñez del retoño que surge y crece incluso en medio de una historia dolorosa. Pequeñas luces que brillan en la noche, pequeños brotes que despuntan, pequeñas semillas plantadas en el árido jardín de este tiempo histórico, también nosotros podemos verlos, aquí y también ahora. Pienso en su fe sencilla y genuina, arraigada en sus familias y alimentada por las escuelas cristianas; en el trabajo constante de las parroquias, las congregaciones y los movimientos para responder a las preguntas y necesidades de la gente; me vienen a la mente los numerosos sacerdotes y religiosos que se dedican a su misión en medio de múltiples dificultades; así como también los laicos, comprometidos en el campo de la caridad y en la promoción del Evangelio en la sociedad. Por estas luces que con esfuerzo tratan de iluminar la oscuridad de la noche, por estos brotes pequeños e invisibles que, sin embargo, abren la esperanza en el futuro, hoy debemos decir como Jesús: “¡Te alabamos, Padre!”. Te damos gracias porque estás con nosotros y no nos dejas vacilar.
Al mismo tiempo, esta gratitud no debe quedarse en un consuelo íntimo e ilusorio. Debe llevarnos a la transformación del corazón, a la conversión de la vida, a considerar que es precisamente en la luz de la fe, en la promesa de la esperanza y en la alegría de la caridad donde Dios ha pensado nuestra vida. Y, por eso, todos estamos llamados a cultivar estos brotes, a no desanimarnos, a no ceder a la lógica de la violencia ni a la idolatría del dinero, a no resignarnos ante el mal que se extiende.
Cada uno debe poner de su parte y todos debemos unir nuestros esfuerzos para que esta tierra pueda recuperar su esplendor. Y sólo hay una forma de hacerlo: desarmemos nuestros corazones, dejemos caer las armaduras de nuestras cerrazones étnicas y políticas, abramos nuestras confesiones religiosas al encuentro mutuo, despertemos en lo más profundo de nuestro ser el sueño de un Líbano unido, donde triunfen la paz y la justicia, donde todos puedan reconocerse hermanos y hermanas y donde, finalmente, se pueda realizar lo que nos describe el profeta Isaías: “El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos” (Is 11,6).
Este es el sueño que se les ha confiado, es lo que el Dios de la paz pone en sus manos: ¡Líbano, levántate! ¡Sé morada de justicia y de fraternidad! ¡Sé profecía de paz para todo el Levante!
Fuente: vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2025

Mi Oración para Ustedes
Por favor únanse a mi para orar con estas palabras del Papa León XIV:
Caminamos como si estuviéramos en un puente que conecta la tierra con el cielo, un puente que el Señor ha construido para nosotros. Mantengamos siempre la mirada fija en ambas orillas, para que podamos amar a Dios y a nuestros hermanos y hermanas con todo nuestro corazón, con el fin de caminar juntos y encontrarnos algún día reunidos en la casa del Padre.
Amén.