Cardenal Tobin: El Santo Rosario es nuestra mayor arma en la lucha por la paz

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Vol. 8 No. 5

Si eres fiel a tus oraciones de la mañana y de la noche, haces tu ofrenda matutina y llevas tu rosario en el bolsillo para recordar decir, aunque sea una parte todos los días, te irá bien… Los momentos en que parece que no se está avanzando suelen ser los mejores (Sierva de Dios Dorothy Day).

Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,

El próximo miércoles 7 de octubre, la Iglesia nos invita a honrar a la Santísima Virgen María bajo el título de Nuestra Señora del Rosario. El Rosario es una oración distintivamente Mariana. A través de los ojos de María, meditamos sobre los momentos clave en la historia de nuestra redención, incluyendo la Anunciación, la Visitación, la Natividad, la Crucifixión, la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés.

Al rezar el Rosario, se nos invita a entrar en el misterio de nuestra salvación y a caminar con Jesús en compañía de María, Madre de la Iglesia. La repetición del “Ave María” recuerda los hechos del Evangelio y pide la amorosa intercesión de María, mientras que la meditación en los sagrados misterios de la vida de Cristo dirige la mente y el corazón hacia Jesús.

Según nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, “El Rosario es una de las devociones más poderosas que Nuestra Señora nos ha confiado, y en estos tiempos turbulentos, sigue siendo un camino seguro hacia la paz, la conversión y un amor más profundo a Cristo”. El Rosario es un arma no violenta en la lucha por la paz. Nos ayuda a mantenernos enfocados en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, quien dijo: “Bienaventurados los que procuran la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5:9). Esta profunda oración de meditación nos anima a ser activos en la construcción de la paz, como lo fue Jesús, y a recurrir a María, la Reina de la Paz, por orientación y apoyo en nuestros esfuerzos por ser hijos fieles de Dios y hermanos y hermanas entre nosotros.

El Papa León nos enseña que el Rosario es el “antídoto diario contra el veneno del ruido, la desesperación y la indiferencia espiritual.” Recomienda rezar el Rosario despacio y con deliberación “pensamiento por pensamiento, cuenta por cuenta,” y enfatiza que el Rosario es el camino hacia la paz. También subraya que el Rosario es una “cadena que ata a Satanás,” ofreciendo una manera de enfrentar el peligro espiritual y restaurar la paz.

Durante la audiencia general del 13 de mayo de 2026 (ver más abajo), el Santo Padre reflexionó sobre la enseñanza del Concilio Vaticano II de que María es tanto el modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser como la madre de toda la Iglesia. Esto significa que nosotros los cristianos podemos acudir a ella con confianza filial, seguros de ser escuchados, protegidos y amados.

El Papa León continúa diciendo:

El misterio de la Iglesia también se refleja en la Virgen María: en Ella, el pueblo de Dios encuentra la representación de su origen, su modelo y su patria. En la Madre del Señor, la Iglesia contempla su propio misterio, no solo porque encuentra en Ella el modelo de fe virginal, caridad maternal y el pacto esponsal al que está llamada, sino también y sobre todo porque en Ella reconoce su propio arquetipo, la figura ideal de lo que está llamada a ser.

El Rosario es una oración que nos ayuda a contemplar el misterio de nuestra redención en Cristo. Como forma de devoción popular, el Rosario tiene sus raíces en la creencia y tradición cristiana antigua. María aparece en el arte cristiano temprano como una mujer de oración y una intercesora. Padres de la Iglesia como San Justino Mártir e Ireneo la describieron como la “nueva Eva”, cuya obediencia cooperó con el plan de salvación de Dios. Por eso, nuestra devoción a Nuestra Señora del Rosario y nuestra frecuente recitación de esta forma única de oración no tienen la intención de aislar a María de Cristo ni de distraernos del difícil trabajo de hacer la paz y buscar la justicia social, sino de ayudarnos a contemplar cómo Dios obra a través de María para guiarnos a dar testimonio de los valores del Evangelio que hacen posible la paz y la justicia. Por eso la dedicada activista social Sierva de Dios Dorothy Day alentaba a sus colegas en el apostolado del Trabajador Católico “a decir aunque sea una parte todos los días”. (Ver cita arriba).

Hace un año, el Papa León extendió una invitación a todos los que sirven en la Santa Sede para que se unieran a él en esta oración devocional todas las noches a las 7 pm en el Vaticano durante todo octubre. Hablando con sus compañeros de trabajo (y con los católicos de todo el mundo), el Santo Padre dijo: “Al comenzar octubre, el mes dedicado al Santo Rosario, los invito a rezar el Rosario todos los días por la paz en el mundo”.

Si queremos paz, verdad, amor y misericordia en el mundo de hoy, debemos rezar el Rosario con frecuencia. A través de la intercesión de María, Regina Pacis, podemos ser sanados, los corazones de los líderes nacionales pueden volverse hacia la paz, y el mundo puede transformarse con una cultura de vida y una civilización de amor.

Pidámosle a Nuestra Señora del Rosario que ore por nosotros, para que podamos ser verdaderos hacedores de paz en el Sagrado Corazón de Jesús. Y recemos el Rosario con María, meditando en los misterios que nos han liberado del pecado y de la muerte. Que la paz de Cristo, su Divino Hijo, libere a nuestro mundo de los horrores de la guerra y traiga justicia y paz a todos los pueblos.

Sinceramente suyos en Cristo Redentor,

Cardenal J. W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark


Reza el Rosario en una parroquia participante durante el Congreso Eucarístico del Rosario del 7 al 13 de octubre. Encuentra una parroquia dentro de la Arquidiócesis de Newark aquí.


Declaración de Cardenal Tobin sobre el nuevo nombramiento de Obispo Saporito

Me uno a los fieles de la Arquidiócesis de Newark al felicitar al Obispo Michael Saporito con motivo de su designación por el Papa León XIV como obispo de Metuchen.

Siendo que echaremos de menos su presencia entre nosotros, nos sentimos agradecidos de las diferentes formas en las que ha servido a nuestra iglesia local, particularmente en su ministerio de obispado regional para el condado de Bergen, donde ha acompañado al clero, las parroquias y el pueblo con un gran cariño y dedicación. Ha sido fiel siervo del evangelio, y personalmente un hermano y amigo. El Santo Padre le ha encomendado un nuevo rebaño, y sé que servirá al pueblo de Metuchen con el mismo espíritu generoso que ha demostrado en su ministerio con nosotros.

Le pido a los fieles de la Arquidiócesis de Newark a unirse a mí en oración por el Obispo Saporito y por el pueblo de Metuchen al comenzar este nuevo capítulo juntos. Que el Señor lo guíe, lo fortalezca y llene su ministerio de alegría. Ad multos annos!

Todos están invitados a una Misa de agradecimiento y despedida de Obispo Saporito en la Catedral Basílica del Sagrado Corazón el sábado 17 de octubre de 2026, a las 5:00 pm. Una recepción seguirá inmediatamente a la Misa en el Auditorio del Centro Arquidiocesano. Por favor, únanse a nosotros para desearle lo mejor al obispo Saporito mientras concluye su servicio en la Arquidiócesis de Newark y comienza su nuevo ministerio en la Diócesis de Metuchen.


Cardenal Tobin establece la Oficina de Renovación de la Misión Parroquial para apoyar a “Somos Sus Testigos”

Cardenal Joseph W. Tobin, C.SS.R., Arzobispo de Newark, ha establecido una Oficina de Renovación de la Misión Parroquial para apoyar la implementación continua de Somos Sus Testigos y promover la renovación parroquial y el discipulado misionero en toda la Arquidiócesis de Newark.

Lanzada en junio de 2025, Somos Sus Testigos es una iniciativa multianual que guía a la Arquidiócesis en un camino de conversión pastoral. Inspirado por la Palabra de Dios y arraigado en la Evangelii Gaudium del Papa Francisco (La alegría del Evangelio), llama a la Iglesia a reimaginar la vida, la misión y el ministerio parroquiales en respuesta a un mundo cambiante. La iniciativa busca renovar el discipulado misionero, fortalecer la vitalidad parroquial e involucrar a los fieles en la escucha, el discernimiento y la acción compartida.

La Oficina de Renovación de la Misión Parroquial acompañará a las comunidades parroquiales a medida que discernen maneras de colaborar más estrechamente, fortalecer su misión compartida y servir mejor a los fieles. La oficina inicialmente se enfocará en las parroquias que participan en la fase de Socios de la Misión Parroquial de Somos Sus Testigos. Su trabajo continuará desarrollándose a medida que la iniciativa avance y se identifiquen necesidades adicionales de la parroquia. Lea más aquí.


Constitución dogmática sobre la Iglesia
LUMEN GENTIUM

Solemnemente promulgado por Su Santidad
Papa Pablo VI
el 21 de noviembre de 1964

III. La Santísima Virgen y la Iglesia

63. La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es una figura de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre. Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos, esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno.

64. La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera.

65. Mientas la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga, los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos. La Iglesia, meditando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de reverencia, entra más a fondo en el soberano misterio de la encarnación y se asemeja cada día más a su Esposo. Pues María, que por su íntima participación en la historia de la salvación reúne en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe, cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre. La Iglesia, a su vez, glorificando a Cristo, se hace más semejante a su excelso Modelo, progresando continuamente en la fe, en la esperanza y en la caridad y buscando y obedeciendo en todo la voluntad divina. Por eso también la Iglesia, en su labor apostólica, se fija con razón en aquella que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles. La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres.

(Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, 63–65, solemnemente promulgada por su santidad el Papa san Pablo VI el 21 de noviembre de 1964).


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Un Mensaje del Papa León XIV — En el Cristo Único, Somos Uno

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

El Concilio Vaticano II quiso dedicar el último capítulo de la Constitución dogmática sobre la Iglesia a la Virgen María (cf. Lumen gentium, 52-69). Ella “proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad” (LG, 53). Estas palabras nos invitan a comprender cómo en María, que bajo la acción del Espíritu Santo ha acogido y generado al Hijo de Dios hecho carne, se puedan reconocer tanto el modelo, como el miembro excelente y la madre de toda la comunidad eclesial.

Al dejarse moldear por la obra de la Gracia, venida a cumplirse en Ella, y al acoger el don del Altísimo con su fe y su amor virginal, María es el modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser: criatura de la Palabra del Señor y madre de los hijos de Dios, generados en la docilidad a la acción del Espíritu Santo. En cuanto que, además, es la creyente por antonomasia, donde se nos ofrece la forma perfecta de la apertura incondicional al misterio divino en la comunión del pueblo santo de Dios, María es miembro excelente de la comunidad eclesial. En cuanto que, finalmente, genera hijos en el Hijo, amados en el eterno Amado venido entre nosotros, María es madre de toda la Iglesia, que a Ella puede dirigirse con filial confianza, en la certeza de ser escuchada, custodiada y amada.

Se podría expresar el conjunto de estas características de la Virgen María hablando de Ella como de la mujer icono del Misterio. Con el término mujer se evidencia la concreción histórica de esta joven hija de Israel, a quien se le ha dado la extraordinaria experiencia de convertirse en madre del Mesías. Con la expresión icono se subraya que en Ella se cumple el doble movimiento de descenso y ascenso: en Ella resplandecen tanto la elección gratuita por parte de Dios, como el libre consentimiento de la fe en Él. María es por tanto la mujer icono del Misterio, es decir del diseño divino de salvación, en una época oculto y revelado en plenitud en Jesucristo.

El Concilio nos ha dejado una clara enseñanza sobre el lugar reservado a la Virgen María en la obra de la Redención (cf. Lumen gentium, 60-62). Ha recordado que el único Mediador de salvación es Jesucristo (cfr 1 Tm 2,5-6) y que su Madre Santísima “no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder” (cf. LG, 60). Al mismo tiempo, “la Santísima Virgen, predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la encarnación del Verbo, … cooperó en forma enteramente singular a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la Gracia” (ibid., 61).

En la Virgen María se refleja también el misterio de la Iglesia: en Ella el pueblo de Dios encuentra representado su origen, su modelo y su patria. En la Madre del Señor la Iglesia contempla el propio misterio, no solo porque se reencuentra el modelo de la fe virginal, de la caridad materna y de la alianza esponsal, a la que está llamada, sino también y sobre todo porque reconoce en ella el propio arquetipo, la figura ideal de lo que está llamada a ser.

Como se puede ver, las reflexiones sobre la Virgen María recogidas en la Lumen gentium nos enseñan a amar a la Iglesia y a servir en ella al cumplimiento del Reino de Dios que está por venir y que se realizará plenamente en la gloria.

Dejémonos pues interpelar por tal modelo sublime que es María, Virgen y Madre, y pidámosle a Ella que nos ayude con su intercesión a responder a cuanto se nos pide a través de su ejemplo: ¿vivo con fe humilde y activa mi pertenencia a la Iglesia? ¿Reconozco la comunidad de la alianza que Dios me ha donado para corresponder a su amor infinito? ¿Miro a María como modelo, miembro excelente y madre de la Iglesia, y le pido a Ella que me ayude a ser discípulo fiel de su Hijo?

(Catequesis dada por el Papa León XIV, St. Plaza de San Pedro, miércoles, 13 de mayo de 2026, sobre Los Documentos del Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Lumen gentium. 9. La Virgen María, modelo de la Iglesia).


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Mi Oración para Ustedes

Por favor únanse a mí en oración:

Oh Dios, cuyo Unigénito Hijo, nuestro Redentor,
con Su vida, muerte y resurrección
nos consiguió los premios de la vida eterna;
te rogamos nos concedas que, meditando
estos misterios en el Santísimo
Rosario de la Bienaventurada Virgen María,
imitemos las verdades que proclaman
y alcancemos lo que prometen.
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén