Cardenal Tobin: Santos Pedro y Pablo, evangelizadores llenos del Espíritu Santo
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Vol. 7. No. 23
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
El lunes 29 de junio de 2026, nuestra arquidiócesis se unirá a las diócesis de todo el mundo para celebrar la solemnidad de san Pedro y san Pablo. Como señaló el papa León XIV (citando a san Agustín): “la fiesta de los dos apóstoles se celebra en un solo día. Ellos también eran uno. Porque, aunque fueron martirizados en días diferentes, eran uno”.
Conocemos bien a estos dos grandes santos. Pedro es “la roca” que Cristo eligió como fundamento sobre el que se edifica su Iglesia. Pablo es el gran misionero que proclamó el Evangelio con sus palabras y sus obras, y ayudó a san Pedro y a los demás apóstoles a salir de su zona de confort para dedicarse a la labor misionera en los primeros tiempos de la Iglesia.
Si observamos detenidamente a estos dos gigantes de nuestra fe, vemos que eran personas corrientes —como tú y como yo— a quienes Cristo pidió que hicieran cosas extraordinarias. Pedro era pescador. Los Evangelios lo describen como apasionado, impulsivo y débil (a pesar de su bravuconería). Protesta en voz alta: “¡Señor, nunca te traicionaré!”. Pero cuando se le pone a prueba, queda muy lejos de cumplir su bien intencionada promesa.
Pablo era fabricante de tiendas, se convirtió en un celoso fariseo y persiguió a los primeros cristianos. Estuvo presente en el asesinato del primer mártir cristiano, san Esteban. La conversión de Pablo fue dramática, y la misión que le encomendó el Señor resucitado —ser el apóstol de los gentiles— era a la vez increíblemente importante y difícil. A través de las cartas y del ejemplo misionero de san Pablo, Cristo sigue dándose a conocer hoy en día a personas de diversas culturas, lenguas y tradiciones religiosas en todos los rincones del mundo.
Utilizando el término que el papa Francisco acuñó en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La Alegría del Evangelio), creo que podemos decir que los santos Pedro y Pablo fueron verdaderamente “evangelizadores llenos del Espíritu”. Permitieron que el Espíritu Santo entrara en sus mentes y corazones. Fortalecidos por el Espíritu, superaron sus debilidades, prejuicios y miedos. Encendidos por la alegría del Evangelio, ambos realizaron milagros de fe y sanación. Edificaron el Cuerpo de Cristo en los primeros tiempos de la Iglesia, ¡cuando proclamar el Evangelio era peligroso y extremadamente difícil!
El papa Francisco escribió (con su franqueza característica) que los cristianos no debemos ser amargados (“caras de vinagre” en el original español), ni siquiera cuando nos enfrentamos a obstáculos, dudas o miedos. No debemos actuar como si nuestra fe fuera una carga o como si la vida cristiana consistiera en una serie interminable de normas y reglas opresivas. Debemos estar alegres, regocijándonos en nuestra libertad y en nuestra confianza inquebrantable en el amor de Dios por nosotros.
Sin duda, los santos Pedro y Pablo estarían de acuerdo. Fueron hombres que sufrieron una intensa agonía y la muerte por causa del Evangelio. Pero también fueron hombres que descubrieron el verdadero significado de la libertad y la auténtica alegría que solo puede provenir de un encuentro personal con nuestro Señor Jesucristo.
Hace un año, en su homilía con motivo de esta gran solemnidad (véase el extracto a continuación), el papa León XIV señaló:
Los santos Pedro y Pablo nos interpelan también sobre la vitalidad de nuestra fe. En la experiencia del discipulado, de hecho, siempre existe el riesgo de caer en la rutina, en el ritualismo, en esquemas pastorales que se repiten sin renovarse y sin captar los desafíos del presente. En la historia de los dos apóstoles, en cambio, nos inspira su voluntad de abrirse a los cambios, de dejarnos interrogar por los acontecimientos, los encuentros y las situaciones concretas de las comunidades, de buscar caminos nuevos para la evangelización partiendo de los problemas y las preguntas planteados por los hermanos y hermanas en la fe.
Descubrir “nuevos enfoques de evangelización” es uno de los objetivos más importantes de Somos Sus Testigos, la iniciativa para fomentar la conversión pastoral que se viene llevando a cabo aquí, en la Arquidiócesis de Newark, desde el verano pasado.
En mi carta pastoral de principios de este año, señalé que “La Iglesia nos ha llamado constantemente a ir más allá de la autoconservación y a adoptar una forma misionera de ser Iglesia, arraigada en la escucha de la Palabra de Dios y de los signos de los tiempos, en la responsabilidad compartida y en una apertura comunitaria al Espíritu Santo”. Esto es lo que significa concretamente la conversión pastoral: una apertura al crecimiento y al cambio, guiada por el Espíritu Santo, que nos permite llevar a cabo con mayor eficacia la misión que Jesús nos ha confiado. Los santos Pedro y Pablo podrían ser fácilmente los santos patronos de esta iniciativa, ya que sus experiencias de conversión pastoral y su testimonio de Jesucristo, nuestro Redentor, fueron transformadoras tanto para ellos como personas como para la Iglesia Universal.
Un “palio” es una banda de lana que se lleva sobre los hombros como símbolo del cargo metropolitano de un arzobispo y de su comunión con el Papa. Tradicionalmente, los arzobispos recién nombrados reciben el palio en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo. En los años transcurridos desde que recibí mi palio como arzobispo metropolitano de Newark, he llegado a conocerlos y a quererlos más profundamente como pueblo católico de esta gran arquidiócesis y de nuestras diócesis hermanas aquí en New Jersey.
Inspirándome en el ejemplo de estos dos grandes santos, Pedro y Pablo, quiero estar abierto al Espíritu Santo y descubrir a qué nos llama Dios a ser y a hacer aquí y ahora. Para lograrlo, debo reconocer mis debilidades, prejuicios y miedos, de modo que pueda desprenderme de ellos y permitir que el Espíritu Santo actúe en mí y a través de mí.
Una cosa está clara: mi misión es una responsabilidad compartida. Sin la gracia de Dios y sin el apoyo y la ayuda que recibo de ustedes y de muchas otras personas a través de sus oraciones, no puedo hacer nada.
¡Que estos dos grandes santos, Pedro y Pablo, patronos no oficiales de Somos Sus Testigos, sirvan de ejemplo para todos nosotros al aceptar el reto de convertirnos en evangelizadores y misioneros llenos del Espíritu Santo para Cristo!
Sinceramente suyos en Cristo Redentor,
Cardenal J. W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark

Un mensaje del Papa León XIV:
En el Cristo Único, Somos Uno
Queridos hermanos y hermanas,
Hoy celebramos a dos hermanos en la fe, Pedro y Pablo, a quienes honramos como pilares de la Iglesia y veneramos como patronos de la diócesis y de la ciudad de Roma.
La historia de estos dos apóstoles nos interpela de cerca también a nosotros, que somos la comunidad peregrina de los discípulos del Señor en nuestro tiempo. En particular, viendo sus testimonios, quisiera subrayar dos aspectos de su fe: la comunión eclesial y la vitalidad de la fe.
En primer lugar, la comunión eclesial. La liturgia de esta solemnidad, de hecho, nos hace ver cómo Pedro y Pablo fueron llamados a vivir un único destino, el del martirio, que los asoció definitivamente a Cristo. En la primera lectura encontramos a Pedro que, en la cárcel, espera que se ejecute la sentencia (cf. Hch 12,1-11). En la segunda encontramos al apóstol Pablo, también él con cadenas, afirmando, en una especie de testamento, que su sangre está por ser derramada y ofrecida a Dios (cf. 2 Tm 4,6-8.17-18). Tanto Pedro como Pablo, por tanto, dan su vida por la causa del Evangelio.
Sin embargo, esta comunión en la única confesión de fe fue la conclusión de un largo camino en el que cada uno ha abrazado la fe y ha vivido el apostolado a su propia manera particular. Su fraternidad en el Espíritu no borra la diversidad de sus orígenes: Simón era un pescador de Galilea, mientras Saulo era altamente educado y miembro del partido de los fariseos. Pedro deja todo inmediatamente para seguir al Señor; mientras Pablo persigue a los cristianos hasta que es transformado por Cristo Resucitado; Pedro predica sobre todo a los judíos; Pablo es impulsado a llevar la Buena Noticia a los gentiles.
Entre ambos, como sabemos, no faltaron conflictos respecto a la relación con los gentiles conversos, al punto que Pablo afirma: “Cuando Cefas llegó a Antioquía, yo le hice frente porque su conducta era reprensible” (Ga 2,11). Y de dicha cuestión, como sabemos, se ocupará el Concilio de Jerusalén, en el que los dos apóstoles seguirán debatiendo.
Queridos hermanos, la historia de Pedro y Pablo nos enseña que la comunión a la que el Señor nos llama es una armonía de voces y personalidades que no anula la libertad de cada uno. Nuestros patronos han recorrido caminos diferentes, han tenido ideas diferentes, a veces se enfrentaron y discutieron con franqueza evangélica. Sin embargo, eso no les impidió vivir la concordia apostolorum, es decir, una viva comunión en el Espíritu, una fecunda sintonía en la diversidad. Como afirma san Agustín: “En un solo día celebramos la pasión de ambos apóstoles. Pero ellos dos eran también una unidad; aunque padeciesen en distintas fechas, eran una unidad” (Sermón 295, 7.7).
Todo esto nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la comunión eclesial. Esta nace del impulso del Espíritu, une las diversidades y crea puentes de unidad en la variedad de los carismas, de los dones y de los ministerios. Es importante aprender a vivir la comunión de ese modo — como unidad en la diversidad — para que la variedad de los dones, articulada en la confesión de la única fe, contribuya al anuncio del Evangelio. Estamos llamados a seguir caminando por esta senda, siguiendo el ejemplo de Pedro y Pablo, porque todos necesitamos de esa fraternidad. Lo necesita la Iglesia, lo necesitan las relaciones entre los laicos y los presbíteros, entre los presbíteros y los obispos, entre los obispos y el Papa, así como lo necesitan la vida pastoral, el diálogo ecuménico y la relación de amistad que la Iglesia desea mantener con el mundo. Comprometámonos a hacer de nuestras diversidades un taller de unidad y comunión, de fraternidad y reconciliación para que cada uno en la Iglesia, con la propia historia personal, aprenda a caminar junto con los demás.
Los santos Pedro y Pablo nos interpelan también sobre la vitalidad de nuestra fe. En la experiencia del discipulado, de hecho, siempre existe el riesgo de caer en la rutina, en el ritualismo, en esquemas pastorales que se repiten sin renovarse y sin captar los desafíos del presente. En la historia de los dos apóstoles, en cambio, nos inspira su voluntad de abrirse a los cambios, de dejarnos interrogar por los acontecimientos, los encuentros y las situaciones concretas de las comunidades, de buscar caminos nuevos para la evangelización partiendo de los problemas y las preguntas planteados por los hermanos y hermanas en la fe.
En el centro del Evangelio que hemos escuchado está precisamente la pregunta que Jesús hace a sus discípulos, y que también nos dirige hoy a nosotros, para que podamos discernir si el camino de nuestra fe conserva dinamismo y vitalidad, si aún está encendida la llama de la relación con el Señor: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?” (Mt 16,15).
Cada día, en cada momento de la historia, siempre debemos prestar atención a esta pregunta. Si no queremos que nuestro ser cristiano se reduzca a una herencia del pasado, como tantas veces nos ha advertido el Papa Francisco, es importante salir del peligro de una fe cansada y estática, para preguntarnos: ¿quién es hoy para nosotros Jesucristo? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida y en la acción de la Iglesia? ¿Cómo podemos dar testimonio de esta esperanza en la vida cotidiana y anunciarla a aquellos con quienes nos encontramos?
Queridos hermanos y hermanas, edificados por el testimonio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, caminemos juntos en la fe y en la comunión, e invoquemos su intercesión sobre todos nosotros, sobre la ciudad de Roma, sobre la Iglesia y sobre el mundo entero.
(Una selección de la homilía del Papa León XIV, en la Solemnidad de los santos apóstoles san Pedro y san Pablo, junio 29, 2025.)

Mi Oración para Ustedes
Por favor únanse a mí en esta oración por la intercesión de los santos Pedro y Pablo:
Oh santos apóstoles, Pedro y Pablo,
Hoy los elegimos como patronos y defensores especiales de la iniciativa pastoral de nuestra arquidiócesis Somos Sus Testigos.
San Pedro, el primero entre los apóstoles, tú eres la roca sobre la que Cristo, nuestro Señor, ha edificado Su Iglesia.
San Pablo, celoso predicador de la verdad al mundo entero, obtén para nosotros una fe viva, una esperanza firme y una caridad perfecta.
Discípulos misioneros de Jesús, ayúdennos con toda humildad a imitar su valor, paciencia y total entrega a la santa voluntad de Dios. Guíen nuestros pasos en la vida cotidiana para que también nosotros seamos defensores celosos y testigos fieles de Cristo. Protejan a la Iglesia, fortalezcan los cimientos de la fe en nuestras familias, comunidades parroquiales y ministerios arquidiocesanos, y acérquennos a todos a Jesús.
Por su intercesión, que experimentemos una conversión pastoral en nuestras vidas personales y en nuestras comunidades de fe. Se lo pedimos en el nombre de Jesucristo, nuestro Redentor.