Cardenal Tobin: Eucaristía—Vivir el don de Cristo como si lo mereciéramos
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Vol. 6. No. 23
Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo:
El domingo 22 de junio de 2025, nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, celebró la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi) en la plaza de San Juan de Letrán, la Catedral Basílica de Roma. Después de la Misa, tuvo lugar la tradicional procesión eucarística y la bendición.
En su homilía (véase la selección más abajo), el Papa León citó al patrón de su orden religiosa, San Agustín de Hipona, de la siguiente manera:
Cristo es verdaderamente “panis qui reficit, et non deficit; panis qui sumi potest, consumi non potest” (Serm. 130, 2): Él es el pan que restaura y no se agota; el pan que se puede comer, pero no se acaba. La Eucaristía, de hecho, es la presencia verdadera, real y sustancial del Salvador (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1413), que transforma el pan en sí mismo para transformarnos en El mismo.
San Agustín también nos aconseja vivir como si mereciéramos recibir este “pan de cada día del cielo”, el Cuerpo y la Sangre sagrados de nuestro Redentor. Por supuesto, Agustín sabía que ninguno de nosotros merece recibir a Cristo en la Eucaristía. La Sagrada Comunión es siempre un don completamente inmerecido que recibimos como resultado de la gracia de Dios.
Nada de lo que podamos hacer por iniciativa propia nos hace dignos de que el Señor entre en nuestros corazones. Lo único que podemos hacer es intentar estar preparados, intentar “permanecer despiertos” y estar atentos, e intentar estar verdaderamente agradecidos cuando nuestro Señor se entrega a nosotros en este gran misterio de nuestra fe.
San Agustín nos exhorta a cambiar nuestras vidas, como él lo hizo, y a ver nuestras vidas como un camino progresivo de esperanza en el que buscamos continuamente el rostro del Señor. Él sabía por experiencia propia que la conversión es un proceso que dura toda la vida. Luchamos con todas nuestras fuerzas para ser dignos del amor de Cristo y de los grandes dones que recibimos de Él cada día. Por eso, debemos “actuar como si” mereciéramos el don sacrificial que Cristo nos ha dado.
Todos los dones de Cristo—la vida y el amor, la libertad y la felicidad, la verdad y la esperanza— nos llegan gratuitamente gracias a la abundante generosidad de nuestro Dios. No hacemos nada para ganarnos la gracia de Dios. La recibimos gratuitamente porque la naturaleza misma de Dios es dar generosamente, sin exigir nada a cambio, simplemente porque nos ama.
De todos los dones de Cristo, ninguno se puede comparar con la Sagrada Eucaristía. ¿Por qué? Porque es un don de sí mismo, una comunión íntima entre el Hijo de Dios y nosotros, sus hermanas y hermanos. A través de nuestro bautismo, nos hemos convertido en miembros de Su Cuerpo, la Iglesia.
Al recibir la Sagrada Comunión, nos unimos a Cristo de la manera más perfecta imaginable, convirtiéndonos en uno con Él, cuerpo y sangre, alma y divinidad. Nuestras imperfecciones se perfeccionan por Su unión con nosotros. Nuestra naturaleza pecadora se vuelve pura y santa porque Él entra en nuestros corazones y nos transforma con Su gracia.
Pero esta experiencia de conversión nunca es “de una vez por todas”. Cada día se nos invita y se nos desafía a vivir como si mereciéramos recibir el pan diario del cielo que Cristo nos ofrece en la Eucaristía. San Agustín nos exhorta: “Antes de recibir a Jesucristo, debes eliminar de tu corazón todos los apegos mundanos que sabes que le desagradan”.
Agustín sabía que con demasiada facilidad olvidamos que hemos sido perfeccionados en Cristo. Caemos fácilmente en desgracia y cedemos al egoísmo y al pecado. Nuestras imperfecciones se manifiestan en nuestras palabras y acciones—en lo que decimos o hacemos, y en lo que dejamos de decir o hacer. Estamos llamados a arrepentirnos, a confesar nuestros pecados, a decidir no volver a pecar y a hacer penitencia.
Esta búsqueda continua de la perfección es el núcleo del Sacramento de la Reconciliación (Confesión). Así como Cristo se entrega libremente a nosotros en el misterio Eucarístico, también nos ofrece Su amor y perdón con solo pedírselo, sin condiciones.
Este es el gran sacramento que reconcilia a Dios con nosotros—los hombres y mujeres pecadores que no merecemos Su misericordia, pero que, sin embargo, ¡la recibimos abundantemente! Debemos dar gracias a Dios cada día por su paciencia con nosotros y por Su disposición a perdonarnos y ayudarnos cada vez que no estamos a la altura de Su amor perfecto.
El Papa Benedicto XVI escribió una vez que “la fe en Cristo guió toda la búsqueda de realización de Agustín, pero la llevó a cabo en el sentido de que él siempre permaneció en el camino”. No somos perfectos. Siempre estamos en el camino hacia la perfección. “Incluso en la eternidad”, dice san Agustín, “nuestra búsqueda no se completará; será una aventura eterna, el descubrimiento de una nueva grandeza, una nueva belleza y una comprensión aún más rica de la verdad”.
La famosa cita de las muy leídas Confesiones de San Agustín lo resume así: “Nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en ti, Oh Dios”. El descanso eterno que conoceremos en el cielo no es una experiencia de monotonía, aburrimiento o estancamiento. Será una aventura que nos impulsará más profundamente y más plenamente al descubrimiento del amor y la misericordia infinitos de Dios.
Podemos empezar ahora mismo participando del pan del cielo que nos sostiene en nuestra Peregrinación de la Esperanza. Cada vez que nos preparamos para recibir este Pan de Vida, signo del Amor de Cristo por nosotros, vivamos como si fuéramos dignos de este gran don de la comunión con Dios y, así, crezcamos en santidad y caridad en unión con nuestro Redentor.
Sinceramente suyo en Cristo Redentor,
Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark

San Agustín sobre la naturaleza del Sacramento de la Eucaristía (Sermón 272)
Lo que están viendo sobre el altar de Dios, lo vieron también la pasada noche, pero aún no han escuchado qué es, qué significa, ni el gran misterio que encierra. Lo que ven es un pan y un cáliz – esta es la información que sus ojos indican. Mas según nuestra fe, que necesita ser instruida: el pan es el cuerpo de Cristo y el cáliz la sangre de Cristo. Esto dicho brevemente, quizá sea suficiente a la fe; pero la fe exige ser documentada. Dice, en efecto el profeta: Si no creen, no comprenderán (Is 7,9 LXX). Ahora podrán decirme: “Nos mandas que lo creamos; ahora explícanoslo para que lo entendamos”.
En efecto, puede surgir en la mente de cualquiera el siguiente pensamiento: “Sabemos de dónde tomó carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. Siendo pequeño, tomó el pecho, fue alimentado, creció, llegó a la edad madura, fue perseguido por su propio pueblo. Fue clavado en un madero, murió en el madero y su cuerpo bajado de ese madero y sepultado. Resucitó al tercer día y por su voluntad subió al cielo, llevándose allí su cuerpo; desde donde ha de venir a juzgar a vivos y a muertos. Allí está sentado ahora a la derecha del Padre. ¿Cómo este pan es su cuerpo y cómo este cáliz, o lo que él contiene, es su sangre?”
A estas cosas, amigos míos, las llamamos sacramentos, porque una cosa es la que se ve y otra la que se entiende. Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende, posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol Pablo que dice a los fieles: “Ustedes son el cuerpo de Cristo y sus miembros” (1 Cor 12,27). En consecuencia, si ustedes son el cuerpo y los miembros de Cristo, ¡sobre la mesa del Señor está el misterio que son ustedes mismos y reciben el misterio que son! A lo que son responden con el “Amén”, y su respuesta es su firma. Se te dice: “El cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el “Amén”. ¿Por qué precisamente en el pan? No aportemos nada personal al respecto; escuchemos de nuevo a Pablo, quien, hablando del mismo sacramento dice: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un único cuerpo” (1 Cor 10,17).
Comprendan y llénense de gozo: unidad, verdad, fidelidad, amor. “Un solo pan” él dice. ¿Quién es este único pan? Siendo muchos somos un único cuerpo. Recuerden que el pan no se elabora de un único grano, sino de muchos. Cuando recibieron exorcismos, fueron como “molidos”. Cuando fueron bautizados, fueron “fermentados”; cuando recibieron el fuego del Espíritu Santo fueron como “cocidos”. Sean lo que ven y reciban lo que son. Esto es lo que dijo Pablo a propósito del pan. Así también, lo que vamos a entender con respecto al cáliz, es similar y requiere poca explicación. En el objeto visible del pan se han reunido muchos granos en una sola masa, como si sucediera aquello mismo que dice la Escritura a propósito de los fieles: Tenían una sola alma y un solo corazón hacia Dios (Hch 4,32).
Lo mismo ha de decirse del vino. Recuerden, hermanos, cómo se hace el vino. Son muchas las uvas que penden del racimo, pero el zumo de las mismas se mezcla, formando un único vino. Así también nos simbolizó a nosotros Cristo nuestro Señor; quiso que perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe el misterio para su beneficio, sino un testimonio contra sí. Demos, pues, a Dios nuestra más sincera y profunda gratitud y, en la medida en que nos lo permita nuestra debilidad humana, acerquémonos al Señor con corazones puros.
Con todas nuestras fuerzas, busquemos la misericordia singular de Dios, porque entonces la Divina Bondad escuchará sin duda nuestras oraciones. El poder de Dios expulsará al Maligno de nuestros actos y pensamientos; profundizará nuestra fe, gobernará nuestras mentes, nos concederá pensamientos santos y nos llevará, finalmente, a compartir la felicidad divina a través del propio hijo de Dios, Jesucristo. ¡Amén!
(Texto original en latín disponible en www.earlychurchtexts.com.)

Un mensaje de Papa León XIV: En el Cristo único, somos uno
Queridos amigos, Cristo es la respuesta de Dios al hambre del hombre, porque su Cuerpo es el pan de la vida eterna: ¡Tomen y coman todos de él! La invitación de Jesús abarca nuestra experiencia cotidiana: para vivir, necesitamos alimentarnos de la vida, tomándola de las plantas y los animales. Sin embargo, comer algo exánime nos recuerda que también nosotros, por mucho que comamos, moriremos. En cambio, cuando nos alimentamos de Jesús, Pan vivo y verdadero, vivimos para Él. Ofreciéndose sin reservas, el Crucificado Resucitado se entrega a nosotros, y de este modo descubrimos que hemos sido hechos para nutrirnos de Dios. Nuestra naturaleza hambrienta lleva la marca de una necesidad que es saciada por la gracia de la Eucaristía.
Como escribe san Agustín, Cristo es, verdaderamente, “panis qui reficit, et non deficit; panis qui sumi potest, consumi non potest” (Serm. 130, 2): Él es un pan que nutre y nunca falta; un pan que se puede comer pero que nunca se agota. La Eucaristía, en efecto, es la presencia verdadera, real y sustancial del Salvador (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1413), que transforma el pan en Sí mismo, para transformarnos en Él. Vivo y vivificante, el Corpus Domini hace de nosotros, o sea, de la Iglesia misma, el cuerpo del Señor.
Por eso, según las palabras del apóstol Pablo (cf. 1 Cor 10:17), el Concilio Vaticano Segundo enseña que “la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico. Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos” (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 3). La procesión que comenzaremos dentro de poco es un signo de ese camino.
Juntos, pastores y rebaño, nos alimentamos del Santísimo Sacramento, lo adoramos y lo llevamos por las calles. Al hacerlo, lo ofrecemos a la mirada, a la conciencia y al corazón de la gente. Al corazón de quien cree, para que crea más firmemente, y al corazón de quien no cree, para que se cuestione sobre el hambre que tenemos en el alma y sobre el pan que puede saciarla.
Fortalecidos por el alimento que Dios nos da, llevemos a Jesús al corazón de todos, porque Jesús incluye a todos en la obra de la salvación, invitando a cada uno a participar en su mesa. ¡Dichosos los invitados, que se convierten en testigos de este amor!
Mi Oración para Ustedes

.Por favor únanse a mí en oración en el espíritu de san Agustín:
Señor, tú sabes que no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Ayúdame a actuar como si realmente mereciera el gran don de tu Amor, que tan generosamente compartes conmigo en la Sagrada Eucaristía. Amén.