Cardenal Tobin: La paz como don y tarea
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Vol. 7. No. 1
Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo:
Como nos ha recordado en varias ocasiones el Papa León XIV, las primeras palabras que Cristo dirigió a sus apóstoles después de resucitar de entre los muertos fueron: “La paz sea con ustedes” (Jn 20, 19). Lo que dio como regalo después de su Resurrección, lo dejó como tarea después de su Ascensión: los apóstoles, con la ayuda del Espíritu Santo, debían comunicar la paz de Cristo a los demás. Por lo tanto, la paz auténtica es tanto un don de Dios como una tarea que nosotros, que somos sus testigos, debemos llevar a cabo.
¿Cómo puede la paz ser al mismo tiempo un don y una tarea? Quizás una simple analogía nos ayude a comprenderlo.
Nuestros dientes nos fueron dados sin nuestro consentimiento. Son un regalo, una parte inherente de nuestra naturaleza humana. En circunstancias normales, simplemente crecen por sí solos. Pero esos mismos dientes, que inicialmente recibimos como un regalo, no pueden mantenerse en buen estado de salud sin nuestra cooperación. Si no nos ocupamos de su mantenimiento, lo que inicialmente nos fue dado como un regalo puede deteriorarse y pudrirse, convirtiéndose en una fuente de gran dolor. Si eso ocurre, la buena salud dental solo puede recuperarse mediante medidas drásticas, a veces dolorosas e inevitablemente costosas.
Lo mismo ocurre con el modelo moral del universo y la paz que es fruto de vivir según su lógica. Se nos ha dado como un don y como una tarea. Como don, el modelo moral para la paz ha sido escrito por Dios en la naturaleza humana. En la Encarnación del Hijo, la semilla de la paz ha sido plantada en la historia humana. En el don del Espíritu Santo, la energía para la paz se renueva constantemente.
Pero estos dones, que proporcionan los cimientos para construir una cultura de paz, también nos son dados como una tarea. Si no cultivamos estos dones, nuestras relaciones—con Dios y entre nosotros, con nuestro yo más íntimo y con el mundo—se pudrirán y se deteriorarán, y se convertirán para nosotros en una fuente de gran dolor. Entonces, como sabemos muy bien, la paz solo podrá restaurarse mediante medidas drásticas y costosas, si es que puede restaurarse.
En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2007, el Papa Benedicto XVI citó a San Agustín diciendo: “Dios nos creó sin nuestra ayuda, pero no quiso salvarnos sin nuestra ayuda. Por consiguiente, todos los seres humanos tienen el deber de cultivar la conciencia de este doble aspecto del don y la tarea”. Esta es la tensión creativa que existe entre los dones que Dios nos ha dado libremente y las tareas que debemos realizar para mantener, nutrir y desarrollar todos los dones de Dios.
El Papa León cita con frecuencia a san Agustín, el santo patrón de su Orden Agustina. Durante su mensaje del Ángelus del 10 de agosto de 2025, el Santo Padre citó al obispo de Hipona (véase más abajo), diciendo:
“Si dieses una libra de bronce y la recibieses de plata, o la dieses de plata y la recibieras de oro, te considerarías feliz. Lo que das se transforma realmente; se convertirá para ti no en oro ni en plata, sino en vida eterna” (Sermón 390, 2, PL 39, 1706). Y explica por qué: “se transformará, porque te transformarás tú” (ibíd).
La responsabilidad de mayordomía que nosotros, los bautizados en Cristo, debemos llevar a cabo es cooperar con la gracia de Dios en la transformación de Sus dones. Esta es nuestra tarea. Sin ayuda, sería imposible para nosotros, pecadores débiles y temerosos, asumir el papel de pacificadores y unificadores en un mundo en guerra y dividido. Pero el Papa León nos anima a ser valientes y audaces, confiando siempre en el Señor: “Dondequiera que estemos, en la familia, la parroquia, la escuela o el lugar de trabajo, debemos intentar no perder ninguna oportunidad de actuar con amor”.
La única manera de alcanzar la paz es acudir a Jesucristo, el Príncipe de la Paz, y pedirle que nos la conceda. Si deseamos la paz, debemos estar dispuestos a trabajar por ella. Y si estamos dispuestos a trabajar por la paz, eso significa que debemos estar dispuestos, ante todo, a rezar por ella. En palabras del Papa san Juan Pablo II: “Rezar es entrar en la acción de Dios sobre la historia: Él, el actor soberano de la historia, ha querido hacer a las personas Sus colaboradores”. Dios nos ha dado los dones de la paz y la unidad. Es nuestra responsabilidad rezar y luego trabajar para nutrir y hacer crecer estos preciosos dones.
Por consiguiente, cada uno de nosotros debe comenzar y terminar el día rezando por la paz. Durante el día, debemos trabajar por la paz y la unidad—en nuestros corazones y mentes, en nuestras familias y comunidades, en nuestra nación y entre todos los pueblos del mundo.
Aunque la paz es un don de Dios, nunca estamos exentos de la responsabilidad de buscarla y esforzarnos por establecerla mediante el esfuerzo individual y comunitario a lo largo de la historia. El don de la paz de Dios es, por lo tanto, también en todo momento una conquista y un logro humano, ya que se nos ofrece para que lo aceptemos libremente y lo pongamos en práctica progresivamente mediante nuestra voluntad creativa.
Como dijo una vez nuestro querido Papa Francisco, es nuestro privilegio y nuestro deber sagrado trabajar por la paz “en nuestros hogares, nuestras familias, nuestras escuelas y comunidades. Paz en todos aquellos lugares donde la guerra parece no tener fin. Paz para aquellos rostros que no han conocido más que el dolor”.
Invito a todos, hermanos y hermanas en Cristo, a convertirnos en pacificadores y testigos de nuestra unidad en Cristo, especialmente durante este Jubileo de la Esperanza—no solo en los grandes y heroicos actos que aparecen en los titulares, sino en los muchos actos pequeños y en su mayoría inadvertidos que conforman el tejido de la vida cotidiana. Después de todo, el mismo Señor Jesús dijo: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. (Mt 5, 9)
Sinceramente suyo en Cristo Redentor,
Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark

Catecismo de la Iglesia Católica Segunda Edición, 1997
Libreria Editrice Vaticana III. La Defensa de la Paz
La Paz
Recordando el precepto: “No matarás”, nuestro Señor pide la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la cólera homicida y del odio. (#2302)
La ira es un deseo de venganza. “Desear la venganza para el mal de aquel a quien es preciso castigar, es ilícito”; pero es loable imponer una reparación “para la corrección de los vicios y el mantenimiento de la justicia”. Si la ira llega hasta el deseo deliberado de matar al prójimo o de herirlo gravemente, constituye una falta grave contra la caridad; es pecado mortal. El Señor dice: “Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal”.
El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. “Pues yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan, para que sean hijos de nuestro Padre celestial”. (#2303)
El respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz. La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversarias. La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. La paz es la “tranquilidad del orden” Es obra de la justicia y efecto de la caridad. (#2304)
La paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo, el “Príncipe de la Paz”. Por la sangre de su cruz, “dio muerte al odio en su carne”, reconcilió con Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios. “Él es nuestra paz”. Declara “bienaventurados a los que construyen la paz”. (#2305)
Los que renuncian a la acción violenta y sangrienta y recurren para la defensa de los derechos del hombre a medios que están al alcance de los más débiles, dan testimonio de caridad evangélica, siempre que esto se haga sin lesionar los derechos y obligaciones de los otros hombres y de las sociedades. Atestiguan legítimamente la gravedad de los riesgos físicos y morales del recurso a la violencia con sus ruinas y sus muertes. (#2306)
(Una selección del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la Defensa de la Paz

Un mensaje de Papa León XIV: En el Cristo único, somos uno
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a reflexionar sobre cómo invertir el tesoro de nuestra vida (cf. Lc 12,32-48). Dice: “Vendan sus bienes y denlos como limosna” (v. 33).
Nos exhorta, por tanto, a no guardar para nosotros los dones que Dios nos ha dado, sino a emplearlos con generosidad para el bien de los demás, especialmente de quienes están más necesitados de nuestra ayuda. Se trata no sólo de compartir las cosas materiales de las que disponemos, sino de poner en juego nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestro afecto, nuestra presencia y compasión al servicio del prójimo. En resumen, todo aquello que hace de cada uno de nosotros, en los designios de Dios, un bien único, inapreciable, un capital vivo, palpitante, que para crecer requiere ser cultivado y empleado, porque si no se seca y se devalúa. O bien termina perdido, a merced de quienes, como ladrones, se apropian de él para convertirlo simplemente en un objeto de consumo.
El don de la vida, recibido de Dios, no se nos entregó para terminar así, sino que necesita espacio, libertad, relación, para realizarse y expresarse; necesita amor, que es lo único que trasforma y ennoblece cada aspecto de nuestra existencia, haciéndonos cada vez más semejantes a Dios. No es casualidad que Jesús pronuncia estas palabras mientras está de camino hacia Jerusalén, donde se ofrecerá a sí mismo en la cruz para nuestra salvación.
Las obras de misericordia son el banco más seguro y rentable al que confiar el tesoro de nuestra existencia, porque en él, como nos enseña el Evangelio, con “dos monedas” incluso una pobre viuda puede convertirse en la persona más rica del mundo (cf. Mc 12,41-44).
San Agustín, a este propósito, dice: “Si dieses una libra de bronce y la recibieses de plata, o la dieses de plata y la recibieras de oro, te considerarías feliz. Lo que das se transforma realmente; se convertirá para ti no en oro ni en plata, sino en vida eterna” (Sermón 390, 2, PL 39, 1706). Y explica por qué: “se transformará, porque te transformarás tú” (ibíd).
Para entender lo que quiere decir, podemos pensar en una mamá que abraza a sus hijos, ¿no es la persona más hermosa y rica del mundo? O también dos novios, cuando están juntos, ¿no se sienten un rey y una reina? Y podríamos poner tantos otros ejemplos.
Por eso, en la familia, en la parroquia, en la escuela y en los lugares de trabajo, en cualquier lugar donde nos encontremos, intentemos no perder ninguna ocasión para amar. Esta es la vigilancia que nos pide Jesús, habituarnos a estar atentos, dispuestos, sensibles los unos con los otros, como Él lo está con nosotros en cada instante.
Hermanas y hermanos, confiemos a María este deseo y este compromiso. Que ella, la Estrella de la Mañana, nos ayude a ser, en un mundo marcado por tantas divisiones, “centinelas” de la misericordia y de la paz, como nos ha enseñado san Juan Pablo II (cf. Vigilia de Oración por la 15 Jornada Mundial de la Juventud, 19 de agosto de 2000). Y como nos han mostrado de una manera tan hermosa los jóvenes que han venido a Roma para el Jubileo.
(Ángelus – Mensaje del Papa León XIV, domingo, agosto 10, 2025)

Mi Oración para Ustedes
Por favor, únanse a mí para orar con las palabras de san Juan Pablo II en la Vigilia de Oración de la XV Jornada Mundial de la Juventud el 19 de agosto de 2000, mencionadas más arriba por el Papa León XIV:
Que María Santísima, la Virgen que dijo “sí” a Dios durante toda su vida, que los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y todos los Santos y Santas que han marcado el camino de la Iglesia a través de los siglos, ¡los conserven siempre en este santo propósito! Amén.