Cardenal Tobin:
La paz, un regalo del amor incondicional de Dios, es nuestra responsabilidad

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Vol. 7. No. 12

Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,

La paz sea con ustedes. Este poderoso saludo, que nuestro Redentor utilizó cuando se apareció por primera vez a los discípulos después de su resurrección, fue lo primero que el Papa León XIV nos dijo cuando comenzó su ministerio Petrino el 8 de mayo de 2025. Y, basándome en sus numerosas reflexiones sobre la importancia de la paz en el mundo actual, creo que es justo decir que nuestro nuevo Santo Padre ha estado enfatizando la paz desde entonces.

A principios de este mes, en mi boletín del 2 de enero, cité algunas homilías del Papa León en Turquía y Líbano:

Queridos hermanos y hermanas, todo lo que ha sucedido en estos últimos días en Turquía y Líbano nos enseña que la paz es posible, y que los cristianos en diálogo con hombres y mujeres de otras fes y culturas pueden contribuir a construirla. ¡No olvidemos que la paz es posible!

El Santo Padre insiste en que “la paz es posible.” Nos aconseja resistir la tentación de perder la esperanza o de sucumbir al miedo de que nuestros esfuerzos por construir una paz genuina son inútiles. Es cierto que la paz es difícil de alcanzar y de mantener, y que, sin la ayuda de Dios, tenemos pocas o ninguna posibilidad de tener éxito como pacificadores permanentes. Pero Dios siempre está con nosotros, desafiándonos y animándonos en nuestros esfuerzos por hacer de la paz una realidad—en nuestros corazones, nuestros hogares, nuestras comunidades y nuestro mundo.

El mensaje del Papa León para la Jornada Mundial de la Paz 2026 (ver selección a continuación) es una continuación del diálogo sobre la paz que comenzó en tiempos modernos con la encíclica Pacem in Terris de 1963 del Papa San Juan XXIII, y que ha involucrado el pensamiento de todos los papas recientes. (Incluso el Papa Juan Pablo I, cuyo breve tiempo en el cargo no permitió una reflexión sostenida sobre este tema, observó durante su mensaje del Ángelus del 10 de septiembre de 1978 que “Todos los hombres tienen hambre y sed de paz, especialmente los pobres, que pagan más y sufren más en tiempos difíciles y en las guerras”).

Mientras continúa la discusión de sus predecesores sobre la paz en la tierra, el Papa León hace dos puntos que son especialmente dignos de nuestra reflexión. Primero, dice que “la paz del Jesús resucitado es desarmada, porque su lucha fue desarmada en medio de circunstancias históricas, políticas y sociales concretas”. Una paz desarmada solo puede existir cuando hay un compromiso radical con la no violencia. Esto significa que la paz genuina solo puede existir en un entorno libre de toda represión o temor. “La idea del poder disuasorio de la fuerza militar, especialmente la disuasión nuclear,” dice el Santo Padre, “se basa en la irracionalidad de las relaciones entre naciones, construida no sobre la ley, la justicia y la confianza, sino sobre el miedo y la dominación por la fuerza”.

En segundo lugar, el Papa León dice que, dado que “la bondad desarma”, la paz genuina requiere que rindamos nuestras armas. Citando a San Juan XXIII, él dice:

Todos deben darse cuenta de que, a menos que este proceso de desarme sea completo y profundo, y llegue hasta lo más íntimo del alma de las personas, es imposible detener la carrera armamentista, reducir los armamentos o —y esto es lo principal—, en última instancia, abolirlos por completo. Todos deben cooperar sinceramente en el esfuerzo por desterrar el miedo y la ansiosa expectativa de la guerra de nuestras mentes. Pero esto requiere que los principios fundamentales sobre los que se basa la paz en el mundo actual sean reemplazados por unos totalmente diferentes, a saber, la realización de que la paz verdadera y duradera entre las naciones no puede consistir en la posesión de un suministro igual de armamentos, sino únicamente en la confianza mutua.

La paz solo llega cuando hemos desterrado todo resentimiento y miedo, cuando hemos aprendido a perdonar ofensas pasadas y cuando hemos empezado a confiarnos mutuamente. El desarme debe ser “profundo y completo, y llegar al alma misma de las personas”, de lo contrario, los frágiles ceses al fuego que logremos no podrán durar.

La paz es un regalo del amor incondicional de Dios, nos dice el Papa León. Pero, porque es un regalo precioso que se descuida o se abusa con demasiada facilidad, nosotros, quienes anhelamos la paz, debemos asumir la seria responsabilidad de fomentarla, cuidarla y protegerla siempre. Si descuidamos este sagrado deber o lo damos por sentado, las consecuencias serán terribles.

Esto es lo que el Papa León llama “la labor desarmante de la diplomacia”. Es el arduo trabajo de la construcción y el mantenimiento de la paz que se ha confiado a líderes mundiales de culturas, religiones y puntos de vista sociopolíticos y económicos muy diferentes. Pero sería un grave error pensar que la humanidad puede permitirse delegar esta labor desarmante a unos pocos “expertos”. De hecho, todos somos responsables de construir la paz en nuestro mundo. A menos que todos insistamos en tratarnos unos a otros con dignidad, respeto y justicia, nunca podremos alcanzar la paz que anhelamos y que sabemos que Dios espera que construyamos y mantengamos.

Para ayudarnos en la difícil tarea de la construcción de la paz, debemos acudir a la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, y pedirle que nos ayude a perdonarnos unos a otros, a escucharnos, y a confiar y respetar a todos nuestros hermanos y hermanas. Sobre todo, debemos pedirle a María, Madre de la Iglesia, que nos acompañe y nos anime mientras entregamos nuestras armas y confiamos en que la gracia de Dios nos protegerá y nos liberará de todo mal que nos amenaza.

Que la Santa Madre de Dios nos guíe en nuestra búsqueda de la Paz de Cristo, que es desarmada y desarmante. Que la Reina de la Paz nos ayude a aceptar la seria responsabilidad de cuidar y compartir este precioso don del amor incondicional de Dios.

¡La paz sea con ustedes!

Sinceramente suyo en Cristo Redentor,
Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark


Segunda Edición, 1997
Librería Editora Vaticana

III. La Defensa de la Paz

The cover of Catecismo de la Iglesia Catolica.

2302.  Recordando el mandamiento: “No matarás”, nuestro Señor pide la paz del corazón y denuncia la inmoralidad de la cólera homicida y del odio.

La ira es un deseo de venganza. “Desear la venganza para el mal de aquel a quien es preciso castigar, es ilícito”; pero es loable imponer una reparación “para la corrección de los vicios y el mantenimiento de la justicia”. Si la ira llega hasta el deseo deliberado de matar al prójimo o de herirlo gravemente, constituye una falta grave contra la caridad; es pecado mortal. El Señor dice: “Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal”.

2303.  El odio voluntario es contrario a la caridad. El odio al prójimo es pecado cuando se le desea deliberadamente un mal. El odio al prójimo es un pecado grave cuando se le desea deliberadamente un daño grave. “Pues yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan, para que sean hijos de su Padre celestial”.

2304.  El respeto y el desarrollo de la vida humana exigen la paz. La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra, sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad. La paz es la “tranquilidad del orden”. Es obra de la justicia y efecto de la caridad.

2305.  La paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo, el “Príncipe de la Paz” mesiánica. Por la sangre de su Cruz, “dio muerte al odio en su carne”, reconcilió con Dios a los hombres e hizo de su Iglesia el sacramento de la unidad del género humano y de su unión con Dios. “Él es nuestra paz”. Declara “bienaventurados a los que construyen la paz”.
2306.  Los que renuncian a la acción violenta y sangrienta y recurren para la defensa de los derechos del hombre a medios que están al alcance de los más débiles, dan testimonio de caridad evangélica, siempre que esto se haga sin lesionar los derechos y obligaciones de los otros hombres y de las sociedades. Atestiguan legítimamente la gravedad de los riesgos físicos y morales del recurso a la violencia con toda su destrucción y muerte.


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Un mensaje del Papa León XIV:
En el Cristo Único, Somos Uno

Una paz desarmada

Poco antes de ser arrestado, en un momento de gran intimidad, Jesús dijo a los que estaban con Él: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”. E inmediatamente agrega: “¡No se inquieten ni teman!” (Jn 14,27). La turbación y el temor podían referirse, ciertamente, a la violencia que pronto se abatiría sobre Él. Más profundamente, los Evangelios no esconden que lo que desconcertó a los discípulos fue su respuesta no violenta; un camino al que todos, empezando por Pedro, se opusieron, pero en el cual el Maestro pidió que lo siguieran hasta el final. El camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con firmeza a quien quisiera defenderlo: “Envaina tu espada” (Jn 18,11; cf. Mt 26,52).

La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas. Los cristianos, juntos, deben hacerse proféticamente testigos de esta novedad, recordando las tragedias de las que tantas veces se han hecho cómplices. La gran parábola del juicio universal invita a todos los cristianos a actuar con misericordia, siendo conscientes de ello (cf. Mt 25,31-46). Y, al hacerlo, encontrarán a su lado hermanos y hermanas que, por distintos caminos, han sabido escuchar el dolor ajeno y se han liberado interiormente del engaño de la violencia.

Aunque hoy no son pocas las personas de corazón dispuesto a la paz, un gran sentimiento de impotencia las invade ante un mundo cada vez más incierto. Ya san Agustín, en efecto, señalaba una paradoja particular: “Es más difícil alabar la paz que poseerla. En efecto, si queremos alabarla, deseamos las fuerzas para ello, buscamos los pensamientos y pesamos las palabras; por el contrario, si queremos poseerla, la tenemos y poseemos sin trabajo alguno”.

Cuando tratamos la paz como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla. Pareciera que faltan las “ideas justas”, las frases sopesadas, la capacidad de decir que la paz está cerca. Si la paz no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública. En la relación entre ciudadanos y gobernantes se llega a considerar una culpa el hecho de que no se nos prepare lo suficiente para la guerra, para reaccionar a los ataques, para responder a las agresiones. Mucho más allá del principio de legítima defensa, en el plano político dicha lógica de oposición es el dato más actual en una desestabilización planetaria que va asumiendo cada día mayor dramatismo e imprevisibilidad. No es casual que los repetidos llamamientos a incrementar el gasto militar y las decisiones que esto conlleva sean presentados por muchos gobernantes con la justificación del peligro respecto a los otros. En efecto, la fuerza disuasiva del poder y, en particular, de la disuasión nuclear, encarnan la irracionalidad de una relación entre pueblos basada no en el derecho, la justicia y la confianza, sino en el miedo y en el dominio de la fuerza.

Una paz desarmante

La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén. “Paz en la tierra” cantan los ángeles, anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede descubrirse amada solo cuidándolo (cf. Lc 2,13-14). Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizá es precisamente el pensar en nuestros hijos, en los niños y también en los que son frágiles como ellos, lo que nos conmueve profundamente (cf. Hch 2,37). A este respecto, mi venerado Predecesor escribía que “la fragilidad humana tiene el poder de hacernos más lúcidos respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da vida y a lo que provoca muerte. Quizás por eso tendemos con frecuencia a negar los límites y a evadir a las personas frágiles y heridas, que tienen el poder de cuestionar la dirección que hemos tomado, como individuos y como comunidad”.

San Juan XXIII introdujo por primera vez la perspectiva de un “desarme integral”, que sólo puede afirmarse mediante la renovación del corazón y de la inteligencia.  Así escribía en Pacem in Terris,: “Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra. Esto, a su vez, requiere que esa norma suprema que hoy se sigue para mantener la paz se sustituya por otra completamente distinta, en virtud de la cual se reconozca que una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca. Confiamos que es éste un objetivo asequible. Se trata, en efecto, de una exigencia que no sólo está dictada por las normas de la recta razón, sino que además es en sí misma deseable en grado sumo y extraordinariamente fecunda en bienes”.

Un servicio fundamental que las religiones deben prestar a la humanidad que sufre es vigilar el creciente intento de transformar incluso los pensamientos y las palabras en armas. Las grandes tradiciones espirituales, así como el recto uso de la razón, nos llevan a ir más allá de los lazos de sangre o étnicos, más allá de las fraternidades que sólo reconocen al que es semejante y rechazan al que es diferente. Hoy vemos cómo esto no se da por supuesto. Lamentablemente, forma cada vez más parte del panorama contemporáneo arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Los creyentes deben desmentir activamente, sobre todo con la vida, esas formas de blasfemia que opacan el Santo Nombre de Dios. Por eso, junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas. En todo el mundo es deseable “que cada comunidad se convierta en una ‘casa de paz’, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón”. Hoy más que nunca, en efecto, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa.

Al mismo tiempo, esto no debe distraer la atención de todos sobre la importancia que tiene la dimensión política. Quienes están llamados a responsabilidades públicas en las sedes más altas y cualificadas, tienen que “examinar a fondo la manera de lograr que las relaciones internacionales se ajusten en todo el mundo a un equilibrio más humano, o sea a un equilibrio fundado en la confianza recíproca, la sinceridad en los pactos y el cumplimiento de las condiciones acordadas. Cada aspecto del problema debe examinarse en toda su amplitud, de forma que pueda lograrse un punto de arranque sólido para iniciar una serie de tratados amistosos, firmes y fecundos”. Es el camino desarmante de la diplomacia, de la mediación, del derecho internacional, tristemente desmentido por las cada vez más frecuentes violaciones de acuerdos alcanzados con gran esfuerzo, en un contexto que requeriría no la deslegitimación, sino más bien el reforzamiento de las instituciones supranacionales.

Selecciones del Mensaje del Papa León XIV para la 59a Jornada Mundial de la Paz, enero 1, 2026.


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Mi Oración para Ustedes

Por favor, acompáñenme en expresar un profundo deseo de paz tal como nos lo compartió el Papa León XIV en su mensaje del Ángelus del 1 de enero, Jornada Mundial de la Paz:

Desde el 1 de enero de 1968, a petición del Papa San Pablo VI, hoy se celebra la Jornada Mundial de la Paz. En mi Mensaje, quise repetir el deseo que el Señor me sugirió cuando me llamó a este servicio: “¡La paz esté con todos ustedes!” Una paz que es desarmada y desarmante, que viene de Dios, un regalo de su amor incondicional, y que se confía a nuestra responsabilidad.

Queridos amigos, con la gracia de Cristo, comencemos hoy a construir un año de paz, desarmando nuestros corazones y absteniéndonos de toda violencia. Que la Santa Madre de Dios nos guíe en nuestro camino en el nuevo año.

Amén.