Un Mensaje de Navidad de
Cardinal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo:
Durante esta temporada de alegría y esperanza, Dios nos recuerda una vez más que está más cerca de nosotros de lo que muchas veces nos atrevemos a admitir. En la Encarnación de Jesús, el Verbo hecho carne, el Creador todopoderoso, omnisciente y eterno del universo, ha elegido hacerse uno de nosotros, estar con nosotros. ¿Qué más podría haber hecho Dios por nosotros?
Jesús nació humildemente en un pesebre, rodeado de su amorosa familia, de pastores e incluso de animales. Según los criterios humanos, esto es un escándalo y, conociendo algo de los pesebres, un escándalo con mal olor además. ¿Esperan ustedes que Dios se manifieste solo entre los poderosos, los ricos, los “grandes” que moldean nuestra sociedad? Dios nos sorprende. Da la vuelta a nuestras expectativas más cuidadas, y nosotros vemos los humildes, somos levantados; los primeros serán los últimos, y los pobres heredarán los tesoros de la tierra.
El Papa León XIV nos recordó recientemente, citando a San Agustín, que “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Cada uno de nosotros está invitado a caminar con Dios en la obra de la salvación, y a vivir como sus hijos y a participar de su plan para el mundo.
Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Lo alto es bajo. Lo rico es pobre. El poder es servicio. La humildad es fortaleza. Y lo más asombroso de todo: el Dios todopoderoso viene a nosotros como un recién nacido vulnerable, totalmente dependiente del amor de su madre y de su padre adoptivo.
Como se preguntaba con asombro el Papa Benedicto XVI, ¿cómo puede el Verbo eterno convertirse en un niño frágil y mortal? Solo hay una respuesta: el amor.
La historia de Navidad es más que un retrato familiar sereno. Desde su nacimiento, la vida de Jesús enfrentó peligros reales y duras pruebas; sin embargo, otros le brindaron amor y protección. En tiempos de dudas y tensión, como los que vivimos hoy, encontramos consuelo al saber que Dios no nos abandona ni se mantiene distante. La Buena Nueva de Jesús brilla con esperanza, belleza y la profunda presencia de Dios.
Esta cercanía nos llama a la acción. ¿Vivimos la paradoja de la Navidad en nuestra vida diaria? ¿Cuidamos de los pobres, de las personas sin hogar, del extranjero que vive entre nosotros? ¿Trabajamos para proteger a los más vulnerables —los niños, los ancianos, los enfermos— tal como María y José cuidaron al recién nacido que les fue confiado?
La Navidad es una temporada de alegría y esperanza. Es un tiempo para dar y compartir, no solo dones materiales, sino a nosotros mismos, por amor a Dios y a nuestras hermanas y hermanos.
Que la esperanza que no defrauda, la esperanza revelada en Jesucristo, llene sus corazones esta Navidad, y que sean testigos generosos de esa esperanza para los demás. ¡Les deseo a ustedes y a sus seres queridos una Navidad bendecida y llena de alegría!
Amen.