Del Cardenal: El encuentro con la misericordia de Dios | 1 de marzo 2024

Haga clic a un botón para ver la sección

Vol. 5. No. 12

Mis Queridas Hermanas y Hermanos en Cristo,

Mientras celebramos el tiempo litúrgico de la Cuaresma y nos preparamos para la gran alegría de la Pascua, nos encontramos en lo que el Papa Francisco llama “un momento privilegiado para celebrar y experimentar la misericordia de Dios”.

En Misericordiae Vultus (“El Rostro de la Misericordia”), señala el tiempo de Cuaresma como quizá el más apropiado para que “redescubramos el rostro misericordioso del Padre”, que es un gran misterio de nuestra fe (#17).

La Palabra de Dios revela el rostro misericordioso del Padre en casi todos los pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. “Cuántas páginas de la Sagrada Escritura son apropiadas para la meditación durante las semanas de Cuaresma”, exclama el Santo Padre. Nos exhorta a hacer nuestras las palabras del profeta Miqueas:

Tú, oh Señor, eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados. (Mi 7:18-19).

Durante la Cuaresma, con nuestros actos de penitencia y de caridad, permitimos que Dios ¡destruya totalmente nuestros pecados y haga que sean barridos por el océano de la misericordia divina! Pero no son nuestras acciones las que “destruyen nuestros pecados y los arrojan a las profundidades del mar”. Es la gracia de Dios, Padre misericordioso, la que hace que los efectos del pecado sean aplastados y barridos para que podamos vivir libremente y compartir la abundancia del amor de Dios.

El Papa Francisco no se contenta con una aceptación pasiva de la misericordia divina. Nos invita a “celebrar y experimentar” el amor y el perdón de Dios, y nos dice que el tiempo de Cuaresma es un momento especialmente apropiado para hacerlo.

¿Cómo celebramos y experimentamos el rostro misericordioso del Padre? ¿Dónde encontramos la misericordia de Dios manifestada de manera que nos dejemos sobrecoger por ella?

El Papa Francisco nos dice que muchas personas hoy en día, incluidos los jóvenes, “están volviendo al sacramento de la reconciliación; a través de esta experiencia, están redescubriendo un camino de vuelta al Señor, viviendo un momento de intensa oración y encontrando sentido a sus vidas” (#17). Todos los sacramentos nos ofrecen oportunidades tangibles de experimentar la cercanía de nuestro Dios, pero como nos recuerda tan elocuentemente el Papa Francisco, ¡el sacramento de la reconciliación nos permite “tocar la grandeza de la misericordia de Dios” con nuestras propias manos!

A menudo me sorprende el lenguaje que utiliza la gente para describir su acercamiento al Sacramento de la Reconciliación y a la Sagrada Eucaristía: Tengo que confesarme para poder comulgar. Uno es una obligación y el otro, un don. Si bien es cierto que hay circunstancias en las que debo recibir la Reconciliación antes de acercarme a la mesa eucarística, ¡el Sacramento de la Reconciliación es siempre un don precioso e inmerecido!

Palabra y sacramento se unen para mostrarnos el rostro misericordioso del Padre. A través de la meditación de las imágenes de la Sagrada Escritura, y de nuestra experiencia directa de la presencia de Dios uno y trino en todos los sacramentos, pero especialmente en la Reconciliación y en la Sagrada Eucaristía, podemos celebrar y experimentar el amor y la misericordia infinitos de Dios.

Nuestra experiencia de ser amados y perdonados por la misericordia de Dios nunca puede ser unilateral—recibir todo y no dar nada a cambio. Como nos recuerda este tiempo penitencial, debemos reconocer tanto nuestra pecaminosidad como el perdón de Dios mediante la oración, el ayuno y las obras de caridad. Citando al profeta Isaías, el Papa Francisco nos advierte:

Este es el ayuno que yo deseo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no abandonar a tus semejantes. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu herida se curará rápidamente; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: ¡Aquí estoy! (Is 58:6-11). 

Celebramos y experimentamos el rostro misericordioso del Padre en la palabra y en los sacramentos. Tocamos la grandeza de la misericordia de Dios con nuestros actos de penitencia y de caridad. Y, en consecuencia, cuando invocamos al Señor, podemos escuchar la respuesta: “Aquí estoy”, que Dios da siempre, pero que nosotros no siempre escuchamos, porque estamos distraídos por nuestros pecados.

En esta Cuaresma, abramos nuestro corazón al Señor meditando su Palabra, encontrando su amor en los sacramentos y experimentando su presencia a través de la penitencia y la caridad.

Sinceramente suyo en Cristo Redentor,

Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark


Un Mensaje del Papa Francisco: Palabras de Consuelo y Esperanza

(Una selección del Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2024

A través del desierto Dios nos guía a la libertad

¡Queridos hermanos y hermanas!

Cuando nuestro Dios se revela, siempre comunica la libertad…

La llamada a la libertad es, en efecto, una llamada vigorosa. No se agota en un acontecimiento único, porque madura durante el camino. Del mismo modo que Israel en el desierto lleva todavía a Egipto dentro de sí ― en efecto, a menudo echa de menos el pasado y murmura contra el cielo y contra Moisés ― también hoy el pueblo de Dios lleva dentro de sí ataduras opresoras que debe decidirse a abandonar. Nos damos cuenta de ello cuando nos falta esperanza y vagamos por la vida como en un páramo desolado, sin una tierra prometida hacia la cual encaminarnos juntos. La Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser ―como anuncia el profeta Oseas― el lugar del primer amor (cf. Os 2,16-17). Dios educa a su pueblo para que abandone sus esclavitudes y experimente el paso de la muerte a la vida. Como un esposo nos atrae nuevamente hacia sí y susurra palabras de amor a nuestros corazones.

El éxodo de la esclavitud a la libertad no es un camino abstracto. Para que nuestra Cuaresma sea también concreta, el primer paso es querer ver la realidad. Cuando en la zarza ardiente el Señor atrajo a Moisés y le habló, se reveló inmediatamente como un Dios que ve y sobre todo escucha: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel” (Ex 3,7-8).

También hoy llega al cielo el grito de tantos hermanos y hermanas oprimidos. Preguntémonos: ¿nos llega también a nosotros? ¿Nos sacude? ¿Nos conmueve? Muchos factores nos alejan los unos de los otros, negando la fraternidad que nos une desde el origen…

El testimonio de muchos hermanos obispos y de un gran número de aquellos que trabajan por la paz y la justicia me convence cada vez más de que lo que hay que denunciar es un déficit de esperanza. Es un impedimento para soñar, un grito mudo que llega hasta el cielo y conmueve el corazón de Dios. Se parece a esa añoranza por la esclavitud que paraliza a Israel en el desierto, impidiéndole avanzar. El éxodo puede interrumpirse. De otro modo no se explicaría que una humanidad que ha alcanzado el umbral de la fraternidad universal y niveles de desarrollo científico, técnico, cultural y jurídico, capaces de garantizar la dignidad de todos, camine en la oscuridad de las desigualdades y los conflictos.

Dios no se cansa de nosotros. Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud” (Ex 20,2). Es tiempo de conversión, tiempo de libertad. Jesús mismo, como recordamos cada año en el primer domingo de Cuaresma, fue conducido por el Espíritu al desierto para ser probado en su libertad. Durante cuarenta días estará ante nosotros y con nosotros: es el Hijo encarnado. A diferencia del Faraón, Dios no quiere súbditos, sino hijos e hijas. El desierto es el espacio en el que nuestra libertad puede madurar en una decisión personal de no volver a caer en la esclavitud. En Cuaresma, encontramos nuevos criterios de juicio y una comunidad con la cual emprender un camino que nunca antes habíamos recorrido.

Esto implica una lucha, que el libro del Éxodo y las tentaciones de Jesús en el desierto nos narran claramente. A la voz de Dios, que dice: “Tú eres mi Hijo muy querido” (Mc 1,11) y “no tendrás otros dioses delante de mí” (Ex 20,3), se oponen de hecho las mentiras del enemigo. Más temibles que el Faraón son los ídolos; podríamos considerarlos como su voz en nosotros. El sentirse omnipotentes, reconocidos por todos, tomar ventaja sobre los demás: todo ser humano siente en su interior la seducción de esta mentira. Es un camino trillado. Por eso, podemos apegarnos al dinero, a ciertos proyectos, ideas, objetivos, a nuestra posición, a una tradición e incluso a algunas personas. Esas cosas en lugar de impulsarnos, nos paralizarán. En lugar de unirnos, nos enfrentarán. Existe, sin embargo, una nueva humanidad, la de los pequeños y humildes que no han sucumbido al encanto de la mentira. Mientras que los ídolos vuelven mudos, ciegos, sordos, inmóviles a quienes les sirven (cf. Sal 115,8), los pobres de espíritu están inmediatamente abiertos y bien dispuestos; son una fuerza silenciosa del bien que sana y sostiene el mundo.

Es tiempo de actuar, y en Cuaresma actuar es también detenerse. Detenerse en oración, para acoger la Palabra de Dios, y detenerse como el samaritano, ante el hermano herido. El amor a Dios y al prójimo es un único amor. No tener otros dioses es detenerse ante la presencia de Dios, en la carne del prójimo. Por eso la oración, la limosna y el ayuno no son tres ejercicios independientes, sino un único movimiento de apertura, de vaciamiento: fuera los ídolos que nos agobian, fuera los apegos que nos aprisionan. Entonces el corazón atrofiado y aislado se despertará. Por tanto, desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías. Delante de la presencia de Dios nos convertimos en hermanas y hermanos, percibimos a los demás con nueva intensidad; en lugar de amenazas y enemigos encontramos compañeras y compañeros de viaje. Este es el sueño de Dios, la tierra prometida hacia la que marchamos cuando salimos de la esclavitud.

La forma sinodal de la Iglesia, que en estos últimos años estamos redescubriendo y cultivando, sugiere que la Cuaresma sea también un tiempo de decisiones comunitarias, de pequeñas y grandes decisiones a contracorriente, capaces de cambiar la cotidianeidad de las personas y la vida de un vecindario: los hábitos de compra, el cuidado de la creación, la inclusión de los invisibles o los despreciados. Invito a todas las comunidades cristianas a hacer esto: a ofrecer a sus fieles momentos para reflexionar sobre los estilos de vida; a darse tiempo para verificar su presencia en el barrio y su contribución para mejorarlo. Ay de nosotros si la penitencia cristiana fuera como la que entristecía a Jesús. También a nosotros Él nos dice: “No pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan” (Mt 6,16). Más bien, que se vea la alegría en los rostros, que se sienta la fragancia de la libertad, que se libere ese amor que hace nuevas todas las cosas, empezando por las más pequeñas y cercanas. Esto puede suceder en cada comunidad cristiana.

En la medida en que esta Cuaresma sea un tiempo de conversión, entonces, la humanidad extraviada sentirá un estremecimiento de creatividad; el destello de una nueva esperanza. Es la valentía de la conversión, de salir de la esclavitud. La fe y la caridad llevan de la mano a esta pequeña esperanza. Le enseñan a caminar y, al mismo tiempo, es ella la que las arrastra hacia adelante. 

Los bendigo a todos y a su camino cuaresmal.

Fuente: Vaticano


Mi Oración para Ustedes

Por favor únanse a mí en esta Invocación por la Paz del Papa Francisco: 

Señor, Dios de paz, ¡escucha nuestra súplica!

Hemos intentado muchas veces y durante muchos años resolver nuestros conflictos con nuestras fuerzas, y también con nuestras armas; tantos momentos de hostilidad y de oscuridad; tanta sangre derramada; tantas vidas destrozadas; tantas esperanzas abatidas… Pero nuestros esfuerzos han sido en vano.

Ahora, Señor, ¡ayúdanos tú! Danos tú la paz, enséñanos tú la paz, guíanos tú hacia la paz. Abre nuestros ojos y nuestros corazones, y danos la valentía para decir: “¡Nunca más la guerra!”; “con la guerra, todo queda destruido”. Infúndenos el valor de llevar a cabo gestos concretos para construir la paz.

Señor, Dios de Abraham y los Profetas, Dios amor que nos has creado y nos llamas a vivir como hermanos y hermanas. Danos la fuerza para ser cada día instrumentos de paz; danos la capacidad de mirar con benevolencia a todos los hermanos que encontramos en nuestro camino. Haznos disponibles para escuchar el clamor de nuestros ciudadanos que nos piden transformar nuestras armas en instrumentos de paz, nuestros temores en confianza y nuestras tensiones en perdón.

Mantén encendida en nosotros la llama de la esperanza para tomar con paciente perseverancia opciones de diálogo y reconciliación, para que finalmente triunfe la paz. Y que sean desterradas del corazón de todo hombre las palabras “división”, “odio” y “guerra”. Señor, desarma la lengua y las manos, renueva los corazones y las mentes, para que la palabra que nos lleva al encuentro sea siempre “hermano”, y el estilo de nuestra vida se convierta en: ¡Shalom!, ¡Paz!, ¡Salaam!

 Amén.