Del Cardenal: La Iglesia es misión | 15 de marzo 2024

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Vol. 5. No. 13

Mejor que decir que la Iglesia tiene una misión, afirmamos que la Iglesia es misión. “Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes” (Jn 20,21): La Iglesia recibe de Cristo, el Enviado del Padre, su propia misión. Sostenida y guiada por el Espíritu Santo, ella anuncia y da testimonio del Evangelio a cuantos no lo conocen o no lo acogen (Una Iglesia Sinodal en Misión: Informe de Síntesis, Parte II, Número 8a).

Mis Queridas Hermanas y Hermanos en Cristo,

La sinodalidad nos llama a ser una Iglesia en misión. La Iglesia no sólo “tiene” una misión. La Iglesia “es” misión. Ella es una comunidad de discípulos misioneros que son enviados a todos los confines de la tierra para anunciar y dar testimonio del Evangelio de la Alegría. Como nos recuerda con frecuencia el Papa Francisco, la misión que hemos recibido nos obliga a “salir”, especialmente hacia los confines de la sociedad humana, las periferias.

¿Dónde encontramos la periferia? La definición de periferia en el diccionario es “el borde exterior de un área o la zona que rodea un lugar o cosa”. Pero el Papa Francisco no está hablando simplemente de geografía. También se está refiriendo a aquellas áreas que contienen personas que son marginados sociales, en los “márgenes” de la aceptabilidad social, como siendo la periferia. El Papa nos exhorta a salir de nuestras zonas de confort y a abrir nuestros corazones a los demás, especialmente a aquellos que han sido rechazados por la sociedad.

En los Evangelios, los samaritanos están claramente “en la periferia” de la sociedad judía. También lo están los leprosos y los que cometen pecados como el adulterio.

Como leemos en el Evangelio de San Mateo, “Mientras Jesús estaba a la mesa en casa [de Leví/Mateo], un buen número de cobradores de impuestos y otra gente pecadora vinieron a sentarse con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a sus discípulos: “¿Cómo es que su maestro come con cobradores de impuestos y pecadores? Al oír esto, Jesús les dijo: “No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan lo que significa esta palabra de Dios: ‘Me gusta la misericordia más que las ofrendas’. Pues no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 10-13).

En otras palabras, la periferia no se limita a la geografía o a la condición social, económica o estado legal, ni a nuestros puntos de vista religiosos o políticos. Cualquiera que sea diferente de nosotros está fuera de nuestra zona de confort.

Salir de nosotros mismos e ir a la periferia puede significar cualquier esfuerzo por llegar a los demás con compasión y comprensión. No significa que abandonemos nuestras creencias, principios o modo de vida. Pero sí significa que nos abrimos a los que son diferentes de nosotros y, al hacerlo, compartimos con ellos la buena noticia de que todos son amados por Dios y redimidos en Cristo.

El mensaje de nuestra Iglesia a las personas de todas las regiones del mundo y de todos los entornos sociales, económicos y políticos es que tenemos la obligación de ir a los márgenes de la sociedad (donde se encuentran nuestros hermanos y hermanas pobres) y compartir la buena nueva de nuestra salvación en Jesucristo. Como personas de fe, se nos invita a ver a los pobres, a permitir que la palabra de Dios ilumine la realidad de la pobreza y a responder con corazones transformados. Nuestra misión es proclamar con nuestras palabras y acciones que hemos sido enviados a amar a los pobres como lo hizo Jesús.

Esto es lo que significa ser una “Iglesia Sinodal en Misión” sostenida y guiada por el Espíritu Santo. Mientras continuamos nuestro camino sinodal en este tiempo santo de Cuaresma, pidamos a María, Madre de la Iglesia, que nos inspire, ilumine y guíe en nuestro camino hacia Cristo, su Hijo.

Sinceramente suyo en Cristo Redentor,

Cardenal Joseph W. Tobin, C.Ss.R.
Arzobispo de Newark


Una Iglesia Sinodal en Misión: Informe de Síntesis

Una Selección del Informe de Síntesis, Parte II: Todos Discípulos, Todos Misioneros #8 “La Iglesia es Misión”.

Mejor que decir que la Iglesia tiene una misión, afirmamos que la Iglesia ‘es’ misión.

Sostenida y guiada por el Espíritu Santo, ella anuncia y da testimonio del Evangelio a cuantos no lo conocen o no lo acogen, con la opción preferencial por los pobres, enraizada en la misión de Jesús. De este modo, contribuye a la llegada del Reino de Dios, del que constituye el germen e inicio (cfr. LG 5). 

Los sacramentos de la iniciación cristiana confieren a todos los discípulos de Jesús la responsabilidad de la misión de la Iglesia. Laicos y laicas, consagradas y consagrados y ministros ordenados tienen igual dignidad. Han recibido carismas y vocaciones diversas y ejercen roles y funciones diferentes, todos llamados y nutridos por el Espíritu Santo para formar un solo cuerpo de Cristo (1 Cor. 4-31). Todos discípulos, todos misioneros, en la vitalidad fraterna de las comunidades locales que experimentan la dulce y confortante alegría de evangelizar.

El ejercicio de la corresponsabilidad es esencial para la sinodalidad y es necesario a todos los niveles de la Iglesia. Cada cristiano es una misión en este mundo.

La familia es columna maestra de toda comunidad cristiana. Los padres, los abuelos y todos los que conviven y comparten su fe en familia son los primeros misioneros. La familia, en cuanto comunidad de vida y de amor, es un lugar privilegiado de educación en la fe y en la práctica cristiana, y necesita un especial acompañamiento al interior de la comunidad. El apoyo es necesario, sobre todo, para los padres que deben conciliar el trabajo, incluyendo el interno de la comunidad eclesial y el servicio de la misión, con las exigencias de la vida familiar.

La misión es gracia que compromete a toda la Iglesia. Los fieles laicos contribuyen de manera vital a realizarla en todos los ambientes y en las situaciones más ordinarias de cada día. Ellos son, sobre todo, los que hacen presente a la Iglesia y anuncian el Evangelio en las culturas del ambiente digital, que tiene un impacto tan fuerte en el mundo, en las culturas juveniles, en el mundo del trabajo, de la economía, de la política, de las artes y de la cultura, en la investigación científica, en la educación y en la formación, en el cuidado de la casa común y, de modo particular, en la participación en la vida pública. Ahí deben estar presentes, porque están llamados a dar testimonio de Cristo en la vida de cada día y a compartir explícitamente la fe con los otros. En particular los jóvenes, con sus dones y sus fragilidades, al tiempo que crecen en la amistad con Jesús, se hacen apóstoles del Evangelio entre sus coetáneos.

Los fieles laicos están siempre muy presentes y activos en el servicio al interior de las comunidades cristianas. Muchos de ellos componen y animan comunidades pastorales, sirven como educadores en la fe, teólogos y formadores, animadores espirituales y catequistas y participan en diferentes organismos parroquiales y diocesanos. En muchas regiones, la vida de las comunidades cristianas y la misión de la Iglesia recaen sobre la figura de los catequistas. Además, los laicos prestan el servicio del safeguarding y de la administración. Su aportación es indispensable para la misión de la Iglesia; hay que cuidar, por tanto, que adquieran las competencias necesarias.

Los variados carismas de los laicos son dones del Espíritu Santo a la Iglesia que deben promoverse, reconocerse y valorarse totalmente. En algunas situaciones puede suceder que laicos sean llamados a suplir la falta de sacerdotes, con el riesgo de que el carácter propiamente laical de su apostolado disminuya. En otros contextos, puede suceder que sean los presbíteros los que lo hagan todo y los carismas y ministerios de los laicos sean ignorados o infrautilizados. Está también el peligro, expresado por muchos en la Asamblea, de clericalizar a los laicos, creando una especie de élite que perpetúa las desigualdades y las divisiones en el Pueblo de Dios.

La práctica de la misión ad gentes supone un enriquecimiento recíproco de Iglesias, porque no abarca sólo a los misioneros, sino a la entera comunidad, que se ve estimulada a la oración, al compartir los bienes y el testimonio. También las Iglesias pobres de clero no deben renunciar a este compromiso, al tiempo que aquellas en las que florecen las vocaciones al ministerio ordenado pueden abrirse a la cooperación pastoral, desde una lógica genuinamente evangélica. Todos los misioneros — laicos, laicas, consagradas y consagrados, diáconos, presbíteros, en particular los miembros de institutos misioneros y los misioneros fidei donum —por la vocación que les es propia, son un recurso importante para crear lazos de conocimiento e intercambio de dones.

La misión de la Iglesia continuamente se renueva y se alimenta en la celebración de la Eucaristía, en particular cuando se pone en primer plano su carácter comunitario y misionero.


Un Mensaje del Papa Francisco: Palabras de Desafío y Esperanza

(Una selección de la Exhortación Apostólica, Evangelii Gaudium (La Alegría del Evangelio), Capítulo 5, “Evangelizadores con Espíritu”, Números 262–263).

Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón. Esas propuestas parciales y desintegradoras sólo llegan a grupos reducidos y no tienen fuerza de amplia penetración, porque mutilan el Evangelio. Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga.

La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía. Al mismo tiempo, se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación. Existe el riesgo de que algunos momentos de oración se conviertan en excusa para no entregar la vida en la misión, porque la privatización del estilo de vida puede llevar a los cristianos a refugiarse en alguna falsa espiritualidad.

Es sano acordarse de los primeros cristianos y de tantos hermanos a lo largo de la historia que estuvieron cargados de alegría, llenos de coraje, incansables en el anuncio y capaces de una gran resistencia activa. Hay quienes se consuelan diciendo que hoy es más difícil; sin embargo, reconozcamos que las circunstancias del Imperio romano no eran favorables al anuncio del Evangelio, ni a la lucha por la justicia, ni a la defensa de la dignidad humana. En todos los momentos de la historia están presentes la debilidad humana, la búsqueda enfermiza de sí mismo, el egoísmo cómodo y, en definitiva, la concupiscencia que nos acecha a todos.  

Eso está siempre, con un ropaje o con otro; viene del límite humano más que de las circunstancias. Entonces, no digamos que hoy es más difícil; es distinto. Pero aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época. Para ello, os propongo que nos detengamos a recuperar algunas motivaciones que nos ayuden a imitarlos hoy.


Mi Oración para Ustedes

Por favor únanse a mí en oración con estas palabras de la sección final de Evangelii Gaudium, #284, “María, Madre de la Evangelización”:

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro “sí”
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.